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El despido, el cáncer y el campo cultural del nuevo Ministerio de la Mujer: ¿Una decisión que expone una nueva escala de valores?

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04.04.2026

En todos los ministerios se cuecen habas, por así decirlo, tras el cambio de gobierno; todo esperable, por supuesto, luego de un traspaso entre dos administraciones tan radicalmente distintas. Adiós a cargos de confianza, detención de proyectos heredados y mucho de lo que, a veces, olvidamos sucede cada cuatro años.

Pero, entremedio, hubo un caso que destacó por sobre los demás y abrió un flanco en el Ministerio de la Mujer: la petición de renuncia, luego pausada, de la directora del SernamEG en medio del tratamiento de un agresivo cáncer.

Las preguntas no tienen tanto que ver con género, sino que con ética: más allá de lo legal, de licencias entregadas, no respetadas, incluso de desempeño, ¿se puede despedir a alguien en quimioterapia frente a un cáncer agresivo?

Probablemente la ministra Judith Marín, militante del partido Social Cristiano, no está conforme con el manejo del área de la removida y luego congelada Priscilla Carrasco, por su parte PS, o así lo dejó entrever en una entrevista -respondida por escrito- a La Segunda.

Pero incluso si está completamente en contra de su actuar, ¿pedirle la renuncia es cuestionable, simplemente laboral, demente o defendible?

Por supuesto, una movida sorora no es. Dejar sin trabajo a alguien que sufre una enfermedad por la cual el mismo Gobierno ha lanzado una alerta sanitaria, tampoco es demasiado lógico. Ni hablar de lo simbólico al ser justamente un cáncer de mamas. Si seguimos en esa línea, es equiparable, en algún sentido, a despedir a una mujer embarazada, ya que el problema central es dejar a una persona sin posibilidad de previsión social o mejor cobertura médica cuando más lo necesita y tiene algún tipo de impedimento para conseguirla por sí sola.

Hace unas semanas, fue Carlos Peña el que recordó al sociólogo Pierre Bourdieu y su término de “campo cultural”, para referirse a las prioridades y valores que está instalando el gobierno de José Antonio Kast, no por declararlas, sino por las decisiones que las decantan de manera más velada. En el campo cultural se define qué es lo que importa para los nuevos líderes de La Moneda.

Si se observa el caso del Ministerio de la Mujer —donde había especial atención, precisamente por tratarse de un espacio en que las decisiones podían tensionarse con la agenda valórica del Presidente y de la ministra Marín—, el campo cultural comienza a quedar claro, y se entrecruza con el mensaje que da en su totalidad la administración Kast: trabajo por sobre personas, crecimiento por sobre incomodidades.

El lema del gobierno es “Trabajando para usted”, y se ha subrayado hasta el hartazgo que las decisiones difíciles irán por sobre sufrimientos que, se espera, sean transitorios. En lo de Priscilla Carrasco no se aleja tanto de esa ética: el problema de la funcionaria es personal, las decisiones laborales van por encima de las particularidades humanas, como lo es una enfermedad. El Presidente dijo que, simplemente, las confianzas no se dieron. Bueno, deja en claro cierta escala de valores.

De todos los sectores políticos -y, como les debe haber dolido más, incluso desde el líder de la iglesia católica en Chile- se hicieron llamados a la empatía al Ministerio de la Mujer. ¿Tiene espacio el ponerse en el lugar del otro, si lo que importa realmente es la función que ese otro cumple en una institución que ha cambiado de directrices?

En sus primeras apariciones públicas, la ministra Marín ha pedido dejar de lado las caricaturas y prejuicios sobre su fe, que según ella viviría en el ámbito privado y ha explicado que para ella el servicio público va primero. También definió prioridades laborales: empleo, seguridad y apoyo social.

Puede haber sido una sorpresa o -viéndolo en positivo- un nuevo “aprendizaje” para ella, su equipo y la administración de la que es parte, el quedarse sin piso de apoyo transversal en la remoción de la directora de SernamEG. Y al mismo tiempo, una advertencia al gabinete completo: incluso cuando todo es ejecución y trabajo y eficiencia y decisiones difíciles, la ética y la estética nunca quedan de lado.

No porque sea mujer. Ni siquiera porque sea madre. A pesar de que no sea de su agrado.

Es, quizás, una de las partes más difíciles de liderar: hacerlo para todos, aunque no nos guste, y sin olvidar la humanidad, que es lo que hace que valga la pena.


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