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Regreso sin retorno, por Marcial Fonseca

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01.04.2026

Regreso sin retorno, por Marcial Fonseca

«El señor no se rebajaría a bisar, en la carne de Lázaro, para probar su divinidad, el recurso de hacernos morir».

Muchos de nosotros, seres humanos, ya sea en la bucólica Duaca, en la cosmopolita Punto Fijo, en las estepas siberianas o en cualquier lugar que queramos, lo hemos visto andar entre nosotros; pero sin percatarnos de quién era. Sin ir muy lejos, se sabe que estuvo en la solitaria isla de Pascuas.

Su origen está por allá en la época de nuestro señor. Quizás por conocerlo estamos en la situación aún no definida o estudiada por los teólogos, jesuitas, liturgistas o iconógrafos. Vayamos al principio. Dios hizo al hombre con una visión clara y sencilla; nos hizo de la tierra; con su soplo divino el humus dio origen al ser humano.

Y regresaremos al humus cuando muramos; y el espíritu regresará al Todopoderoso. Primero fue Adán y luego Eva. Sus misiones, una vez en la tierra, fueron nacer, crecer y morir. Y como todos, volverán en la parusía; esto es, en la segunda venida del Hijo.

Esto es cierto para toda la humanidad, independiente de las creencias. Sin embargo, hay unos pocos que están en una situación tristísima, y son los resucitados. La gran diferencia entre un resucitado y un no resucitado está en que los primeros tendrán dos muertes.

Entre el tiempo de separación entre ambas partidas, habrá un periodo de errancia en la tierra. Este es el futuro de todos; la excepción son algunos pocos regresados, como por el ejemplo, Lázaro; y de este seguiremos hablando. Era hermano de Marta y María, y amigo de Jesucristo y murió cuando este andaba en sus prédicas.

Nuestro señor fue requerido para ver si lo podía regresar del más allá; y lo hizo. La amistad pudo más y nadie, incluido el señor, se preocupó de que la muerte era única; de que venimos al mundo, vivimos en él y moriremos una sola vez y no habrá más retorno, salvo el día del juicio final, cuando nos encontraremos con él.

Así que la divinidad de Jesús todavía está entre nosotros en la persona de Lázaro que anda errante por ahí. La humanidad no se ha percatado de que aquellos hechos en que alguien se esfuma, es simplemente él, Lázaro, fastidiado por conocer el pasado y lo por venir, con la excepción de cuándo será el segundo regreso de Jesucristo.

A Lázaro le encantan esas escenas que representan hechos reales con protagonistas que desaparecen. El autor recuerda que cuando niño estaba con su hermana, que ya está en los predios de Dios, viendo el solar y ella empezó a llorar muy asustada porque en al fondo una cabra se movía de izquierda a derecha, luego de derecha a izquierda y así seguía repitiendo su caminata.

El animal era conducido por un hombre que lucía como transparente. Nuestro perro, Rebelde, no ladró, claramente la visión no era para él, solo para nosotros dos. En ese momento no sabíamos que era Lázaro; esa noche, exactamente a las doce, se oyó un lastimero y desgarrador quejido. Desde ese entonces no se ha vuelto a encarnar. *Lea también: Ser constructores de paz; reconstructores de vida, por Víctor Corcoba Herrero

El animal era conducido por un hombre que lucía como transparente. Nuestro perro, Rebelde, no ladró, claramente la visión no era para él, solo para nosotros dos. En ese momento no sabíamos que era Lázaro; esa noche, exactamente a las doce, se oyó un lastimero y desgarrador quejido. Desde ese entonces no se ha vuelto a encarnar.

*Lea también: Ser constructores de paz; reconstructores de vida, por Víctor Corcoba Herrero

Marcial Fonseca es ingeniero y escritor 

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