El mundo que se avecina, por Luis Ernesto Aparicio M.
El mundo que se avecina, por Luis Ernesto Aparicio M.
Como montados en un carrusel a alta velocidad, estamos siendo testigos de un cambio de era que puede resultar asombroso para muchos, precisamente por la rapidez que están tomando los acontecimientos.
Pasamos de un mundo sostenido por reglas —con algunos sobresaltos, claro está— a otro donde la fuerza comienza a ocupar nuevamente el centro de la escena. AsÃ, como si ese mismo carrusel nos estuviera transportando de regreso al pasado que la mayorÃa no queremos.
Durante décadas hemos vivido bajo un sistema internacional que, con todas sus imperfecciones, permitió cierto orden. Ha sido un marco que ha resultado conveniente para organizar la vida de las naciones, sostener libertades básicas y preservar alguna autonomÃa de los pueblos.
Ese orden comenzó a construirse al final de la Segunda Guerra Mundial. Después de haber vivido las crueldades de dos conflictos devastadores, el mundo intentó establecer un sistema multilateral basado en el entendimiento y la cooperación para evitar que tragedias semejantes volvieran a repetirse.
Ese orden comenzó a construirse al final de la Segunda Guerra Mundial. Después de haber vivido las crueldades de dos conflictos devastadores, el mundo intentó establecer un sistema multilateral basado en el entendimiento y la cooperación para evitar que tragedias semejantes volvieran a repetirse.
Durante algún tiempo, al menos en apariencia, funcionó. Sin embargo, ese equilibrio comienza a ceder ante formas de poder más autoritarias. Lo que emerge es una lógica distinta: la del dominio ejercido desde la fuerza. Una lógica que creÃamos superada, pero que vuelve a imponerse.
En este nuevo escenario, las naciones no son persuadidas mediante acuerdos o negociación, sino empujadas —muchas veces por la presión militar o económica— al cumplimiento de los objetivos del más fuerte.
La diplomacia, que durante décadas fue el principal mecanismo para resolver grandes conflictos, pierde terreno frente a la amenaza y la coerción. La presencia de armamento sofisticado —potenciado por la inteligencia artificial— y de enorme capacidad destructiva se convierte en instrumento de supervivencia, persuasión y presión polÃtica.
Y cuanto más visible es ese poder de fuego, mayor parece ser su capacidad para mantenerse a salvo o imponer voluntades. Quizás suene repetitivo decirlo, pero este es el camino que estamos recorriendo —o que algunos están obligando a recorrer—: un escenario en el que los equilibrios democráticos, con sus pesos y contreesos, comienzan a parecer obstáculos frente a la lógica del poder concentrado.
En ese contexto, ya no importa tanto la legitimidad institucional ni la aprobación de los órganos representativos para iniciar represalias contra quien, o bien procede violando derechos a sus ciudadanos o a otros en otros paÃses, o se considere que ha actuado de forma inadecuada.
Lo que se impone es la demostración de fuerza. Castigos ejemplares, visibles y demoledores, destinados no solo a sancionar sino también a intimidar. Cuando esas demostraciones de poder se hacen públicas y espectaculares, el mensaje es claro: nadie deberÃa atreverse a cuestionar o denunciar los abusos.
El resultado es un mundo cada vez más violento e inestable, muy distinto al que, con todas sus limitaciones, conocimos durante las últimas ocho décadas. No obstante —y siempre hay un «sin embargo»— todavÃa existen oportunidades.
El resultado es un mundo cada vez más violento e inestable, muy distinto al que, con todas sus limitaciones, conocimos durante las últimas ocho décadas. No obstante —y siempre hay un «sin embargo»— todavÃa existen oportunidades.
Mientras sobrevivan espacios de libertad y mecanismos democráticos, por frágiles que parezcan, todavÃa es posible reaccionar. La tarea consiste en despertar como sociedades y utilizar lo que queda de nuestras instituciones para frenar esta deriva autoritaria que amenaza con debilitar derechos fundamentales y libertades que deberÃan ser patrimonio de todos los pueblos.
En el nuevo mundo que se avecina, detener esa peligrosa fascinación por el autoritarismo —y por los tiranos que aún sobreviven en distintos rincones del mundo— es una tarea urgente. Solo asà será posible retomar el camino de la convivencia pacÃfica, del respeto entre naciones y del reconocimiento mutuo que durante tanto tiempo se intentó construir.
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Porque al final, si algo enseña la historia es que los retrocesos no siempre se anuncian con estruendo: a veces avanzan con la normalidad de lo inevitable. Y es precisamente allà donde comienzan a volverse peligrosos.
Luis Ernesto Aparicio M. es periodista, exjefe de prensa de la MUD
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