Evocación de José Rafael Pocaterra, por Gustavo J. Villasmil Prieto
Evocación de José Rafael Pocaterra, por Gustavo J. Villasmil Prieto
«Hay dos clases de venezolanos: los que quieren vivir como sea y los que solo saben vivir como deben».
José Rafael Pocaterra, Memorias de un venezolano de la decadencia, tomo I (1927).
VivÃamos en Valencia, un tiempo feliz que mi familia habrÃa de recordar por siempre. TendrÃa yo seis o siete años y recién aprendÃa a leer.
Para ejercitar mi nueva habilidad lectora me dio por deletrear todos los anuncios que veÃa, desde carteles comerciales hasta señales de tránsito. CapÃtulo aparte eran los nombres de las calles, bellamente grabados en plaquetas de bronce colgadas en delgados postes dispuestos en cada esquina de mi vecindario.
«Salom», «Sanz». La valencianidad residente en aquella urbanización para entonces nueva –El Trigal– no olvidó homenajear ni a uno solo de sus hijos más ilustres. Mi calle no serÃa la excepción: «calle Pocaterra» se llamaba. «Po-ca-te-rra. Mamá, ¿Quién era ese señor?».
A José Rafael Pocaterra me lo habrÃa de encontrar de nuevo años más tarde, ya en Caracas, en mis primeras lecturas de adolescente.
La trágica maestra de escuela de «La i latina» y el conmovedor relato navideño de «Panchito Mandefuá», compilados en sus Cuentos grotescos de 1922, fueron hitos tempranos en mis primeras incursiones lectoras.
Pero fueron las páginas de sus Memorias de un venezolano de la decadencia de 1927, ya en mis tiempos universitarios, las que consolidaron definitivamente mi admiración por el bravo valenciano, hombre recio de pluma tan fina como valiente; un intelectual sin grado académico alguno, lo cual no restó ni un ápice a su demoledora crÃtica al gomecismo y a la corte de doctores lamesuelas que le rodeó.
La evocación de José Rafael Pocaterra y de su obra al inicio de 2026 no es para mà un mero ejercicio de historia de la literatura venezolana tanto como un acto de necesaria reafirmación de conciencia frente a las realidades que se despliegan ante nosotros con toda su crudeza.
El paÃs arriba a este comienzo de año marcado por la crisis polÃtica, la profundización de su tragedia económica, la precarización del trabajo y de toda actividad productiva, la migración sostenida de ciudadanos desesperados y la degradación terminal de sus instituciones fundamentales.
Mientras tanto, la polÃtica va quedando reducida a un escenario de desgaste mutuo en el que las promesas de cambio se diluyen en la rutina de la sobrevivencia.
Venezuela aparece como un mosaico de resistencias dispersas y de resignaciones acumuladas; un territorio yermo en el que la vida oscila entre la nostalgia de lo que fuimos y la angustia por reconstruirnos a la sombra de una vergonzosa intervención extranjera que, como toda solución empaquetada y venida de afuera, alimenta esperanzas ingenuas en unos y justificados recelos en otros.
En medio de este panorama, las alternativas que se nos ofrecen son frágiles.
Mientras hay quienes hablan de pactos de gobernabilidad, de reformas institucionales y de nuevas formas de representación polÃtica, otros celebran el tour de force del 3 de enero y su promesa de traer consigo el esperado «borrón y cuenta nueva», todo ello en un nuevo ejercicio de «nostalgia restauradora» –como dice Ann Applebaum– rayante en lo conmovedor.
*Lea también: BolÃvar y el naufragio de la Gran Colombia (1819-1831), por A. R. Lombardi Boscán
¡Como si el origen de los lodos que hoy nos ahogan no estuviese, precisamente, en la densa polvareda que aquà levantamos en los años de la farra rentÃstica!
El desafÃo central de Venezuela permanece intacto, tal cual Pocaterra lo identificó en su tiempo: el reto de cómo transformar la indignación en un proyecto nacional. En ello, el papel de las élites es crucial.
En Pocaterra, su verbo mordaz desvela sin titubeos la responsabilidad de aquellos que teniendo voz y poder optaron en su dÃa por una neutralidad «técnica».
Las élites venezolanas de hoy se encuentran ante el mismo dilema que las de antaño frente al gomecismo: buscar acomodo en medio de la indiferencia normalizadora o, por el contrario, asumir el riesgo de liderar el gran esfuerzo histórico de la reconstrucción nacional al costo que sea.
Las élites venezolanas de hoy se encuentran ante el mismo dilema que las de antaño frente al gomecismo: buscar acomodo en medio de la indiferencia normalizadora o, por el contrario, asumir el riesgo de liderar el gran esfuerzo histórico de la reconstrucción nacional al costo que sea.
La pertenencia a la élite en Venezuela no puede ser fuente de privilegios para nadie; por el contrario, entraña un gravÃsimo deber. En tal sentido, el mandato que pende sobre las élites venezolanas de hoy no puede ser más claro: pensar en el paÃs más allá de sus intereses inmediatos, asumiendo la tarea de orientar, de educar y de abrir caminos.
Mandato que no tiene nada de romántico ni de abstracto porque adquiere hoy la forma de exigencia histórica concreta.
En tiempos de crisis, las élites deberÃan ser capaces de articular un horizonte común ofreciendo un relato que convoque y no divida, que señale rumbos con contundencia y sin «marear la perdiz»: ¿acaso lo son las nuestras?
En el caso especÃfico de las élites médicas venezolanas, dicho llamado reviste un carácter dramáticamente inmediato.
En reciente editorial del 21 de febrero, The Lancet, la prestigiosa publicación médica británica, sitúa claramente a Venezuela entre el poder brutal de las bombas yanquis y la pavorosa debilidad institucional sanitaria que la está matando.
¿Hasta cuándo entonces el «famoseo» médico por las redes sociales, la frivolidad fanfarrona del «marketing» de clÃnicas y especialistas y las ferias de vanidades en la que amenazan con convertirse esos simposios, jornadas y congresos nuestros en los que –por aquello de ser «cientÃficos»– se habla de todo excepto de aquello que nos agobia como paÃs?
Ya está bueno, pues, de encerrarse en consultorios privados y en microvidas de patiquÃn mientras la Venezuela enferma a la que nos debemos se muere de mengua.
La medicina venezolana no necesita de nuevos «genios de la lámpara» ni de «rockstars» dentro o fuera del paÃs; necesita una vanguardia sacrificada y sinceramente entregada al paÃs al que le debe todo lo que es.
La medicina venezolana no necesita de nuevos «genios de la lámpara» ni de «rockstars» dentro o fuera del paÃs; necesita una vanguardia sacrificada y sinceramente entregada al paÃs al que le debe todo lo que es.
El llamado es a los «grandes», a esos colegas de carreras exitosas, hechas y consumadas: ¿Dónde están ustedes que no aparecen sino en los cafetines de sus clÃnicas privadas? ¿O es que acaso el sacrificio más grande hemos de pedÃrselo a jóvenes residentes y médicos rurales en Caracas y el interior que apenas si ganan para mal comer?
Bueno sea recordar que del dardo crÃtico de Pocaterra no se libraron los doctorcitos indespeinables de entonces, a quienes emplazara durÃsimamente en la ya mencionada obra:
«El Hospital Vargas —lo único que existe como hospital moderno— está allÃ, con sus ‘salones’ y sus ‘clÃnicas’ de clisé de periódico y de estudiantuelos adulones. El paludismo arrasa los llanos y las Guayanas; la sÃfilis y el alcoholismo (del aguardiente de caña sin clarificar) dan cuenta del saldo de los centros urbanos».
La mayor tragedia que amenaza a la Venezuela de 2026 es la de los «normalizados», aquellos que, tras años de crisis, han aprendido a convivir con la precariedad como si fuera destino.
La normalización de tal deterioro es la derrota moral más profunda que puede infligÃrsele a un paÃs porque convierte la indignación en rutina y la esperanza en terca osadÃa.
Pocaterra habrÃa denunciado nuestra resignación de hoy con la misma fuerza con la que combatiera a la dictadura de Gómez.
La evocación del gran escritor valenciano se nos propone entonces como un llamado a romper con la costumbre de la crisis y a recuperar la capacidad de asombro y de rebelión frente a lo moralmente inaceptable.
Citar a José Rafael Pocaterra en este inicio de año, más que un homenaje, es el recordatorio de que la crÃtica debe ir acompañada de la acción comprometida, de que las élites tienen un mandato ineludible que atender y de que la normalización de nuestra tragedia es el peor enemigo del cambio.
La Venezuela que se abre paso hacia el futuro necesita voces que incomoden, que despierten y que convoquen a vivir no como sea, sino como se debe.
Gustavo Villasmil-Prieto es médico, politólogo y profesor universitario.
TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artÃculo
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