¿Adiós a la democracia?, por Fernando Mires
¿Adiós a la democracia?, por Fernando Mires
No podemos negarlo. En lo que entendemos por mundo occidental, queramos o no, estamos viviendo una crisis de la democracia. Prácticamente no hay paÃs democrático que no se encuentre amenazado, no solo desde fuera sino también desde dentro, por fuerzas polÃticas que no rinden culto a la democracia.
En términos generales, por extremos que, en su forma de movimientos de masas, de partidos y de gobiernos, amenazan arrasar con instituciones y valores que en algún momento parecieron inamovibles.
Los llamados movimientos populistas, predominando hoy los que se dicen de derechas, son dirigidos por lÃderes autoritarios, con evidentes tendencias autocráticas, y algunos, esto es lo más preocupante, seguidos por grandes masas con un fervor casi religioso. Y lo más nuevo, este fenómeno no es regional sino mundial.
Basta recordar que hasta hace un par de decenios lo que sucedÃa en Europa parecÃa estar muy lejos de lo que sucedÃa en América Latina. Hoy vemos que, de un modo cada vez más intenso, las tendencias polÃticas tienden a concordar.
Lo que dice Waidel en Alemania, Le Pen en Francia, Orbán en HungrÃa, Abascal en España, no se diferencia casi nada de lo que dicen Putin y Trump, ni de lo que dicen Milei, Kast, o lÃderes de movimientos nacional populistas como son los de Bolsonaro (hijo) en Brasil o Bukele en El Salvador.
Lo que dice Waidel en Alemania, Le Pen en Francia, Orbán en HungrÃa, Abascal en España, no se diferencia casi nada de lo que dicen Putin y Trump, ni de lo que dicen Milei, Kast, o lÃderes de movimientos nacional populistas como son los de Bolsonaro (hijo) en Brasil o Bukele en El Salvador.
Estamos frente a una nueva ola antidemocrática, dirÃa Samuel Hungtinton. A esa ola podrÃa sumarse el movimiento mesiánico más que polÃtico conducido por la lÃder venezolana MarÃa Corina Machado cuya toma de posición frente al gobierno español parece marcar la ruta pro-Trump que en el futuro tomará.
No deja de ser ironÃa que todos estos movimientos, partidos y gobiernos, algunos llamándose nacionalistas, mantienen una cohesión internacional que nunca tuvieron movimientos llamados internacionalistas como fueron los socialistas, socialcristianos y comunistas. La nueva derecha, aunque dice ser nacionalista es muy internacionalista.
Sin embargo, ninguno de estos gobiernos, movimientos y partidos, se declaran antidemocráticos como sà lo hicieron los fascistas del pasado. Y, en cierto sentido, tienen razón. En modo literal, si entendemos por democracia al gobierno del pueblo, tales gobiernos no son antidemocráticos.
Todos ellos se declaran democráticos, pero a la vez —y este es el punto— anti liberales. Lo que ellos rechazan no es la democracia «en sû sino la democracia liberal. De tal manera, podrÃan afirmar algunos teóricos, la diferencia no se da entre democracia y antidemocracia sino entre dos modos de entender la democracia.
¿Cuál serÃa entonces la diferencia entre la democracia populista y la democracia liberal? Esa es la inevitable pregunta. La democracia liberal es tributaria de una ideologÃa, la del liberalismo polÃtico.
De acuerdo a esta concepción, las libertades democráticas que todos conocemos, deben estar vigiladas institucional y constitucionalmente. El pueblo de la democracia liberal es un pueblo sometido al derecho y a las leyes y sus intereses deben ser mediados por partidos en elecciones periódicas.
El órgano representante del pueblo reside en los poderes ejecutivos y parlamentarios. En breve: la democracia liberal, la que todos conocemos, es una democracia reglamentada. Ahà reside la gran diferencia con la llamada democracia i-liberal (Orbán) la que en rigor debe ser definida como una democracia anti-liberal.
La democracia anti-liberal, a diferencias de la liberal, concede primacÃa al Ejecutivo por sobre los demás poderes del Estado. Muchas veces, para sus gobernantes, el gobierno es el Estado. El Ejecutivo representado en el lÃder se autoconcede poder sobre las instituciones, entre ellas el parlamento y el poder judicial.
La democracia anti-liberal, a diferencias de la liberal, concede primacÃa al Ejecutivo por sobre los demás poderes del Estado. Muchas veces, para sus gobernantes, el gobierno es el Estado. El Ejecutivo representado en el lÃder se autoconcede poder sobre las instituciones, entre ellas el parlamento y el poder judicial.
La polÃtica, a diferencias de la que prima en la democracia liberal, deja de ser actividad deliberativa y se transforma en conducción personalista y ejecutiva. El gobernante, bajo estas condiciones, no solo debe ser considerado como representante de un partido o una ideologÃa sino de la cultura, de la tradición e incluso de la religión como ya sucede en Rusia y en los propios EEUU.
En última instancia, las raÃces históricas del gobernante anti-liberal son más monárquicas que republicanas, de ahà que, no en pocos casos, los gobiernos antiliberales se convierten —como está ocurriendo en Rusia, en HungrÃa, en TurquÃa, en Israel— en gobiernos confesionales y autoritarios.
La crÃtica antiliberal a la democracia liberal debe ser tomada muy en serio. Y, esto por tres razones: La primera razón es que, si recurrimos a los grandes pensadores polÃticos, desde la Antigüedad Clásica hasta nuestros dÃas, nos vamos a encontrar con la sorpresa de que, lo que entendemos por democracia liberal........
