La ley del silencio
En las tramas de poder, el silencio es el verdadero cemento. No los sobres, ni las mordidas, ni los contratos amañados. Toda organización corrupta descansa sobre una certeza: nadie hablará. Eso es lo que vuelve a verse en el "Juicio de las Mascarillas".
Hay corrupciones de ventanilla y corrupciones de moqueta. Las primeras suelen ser burdas y breves. Las segundas prosperan durante años porque aprenden a confundirse con el funcionamiento normal del poder. La corrupción importante casi nunca empieza con una maleta sino con una familiaridad.
Por eso el arrepentido siempre incomoda. Porque también es culpable y habla cuando ya tiene miedo. Pero el Estado necesita instrumentos imperfectos para combatir corrupciones casi perfectas. Las organizaciones corruptas no caen solas. Caen cuando uno de los suyos calcula que el silencio ya no le protege.
Eso es, en el fondo, lo que se ha ventilado estos días en el Tribunal Supremo. Lo que se está juzgando allí es una determinada forma de degradación institucional: una corrupción organizada alrededor del poder político, instalada –según el fiscal Anticorrupción– en torno a un ministerio del Gobierno y sostenida durante años con "vocación de permanencia".
La expresión tiene un peso jurídico devastador. Significa que no se trataba de episodios aislados, sino de una estructura estable, capaz de convertir el acceso al Estado en una herramienta de beneficio privado.
El informe final del fiscal jefe........
