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Respetar las normas

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Imagen de archivo de un semáforo. / Europa Press

Hay más delirio en la realidad consensuada que en las locuras diagnosticadas. Lo advertí esta mañana mientras esperaba a que el semáforo se pusiera verde en un cruce sin tráfico. Un cruce que parecía más imaginario que real, un cruce orwelliano, un cruce metafísico. Se trataba de un semáforo puesto allí por error o como un ensayo de los poderes públicos para medir el grado de sumisión de los contribuyentes. Aun así, tres peatones obedientes permanecíamos detenidos frente a la orden luminosa que ignorábamos de dónde venía ni por qué. Me fijé en los otros dos: una mujer de mediana edad que miraba el móvil con la devoción de quien consulta un oráculo (quizá leía el horóscopo para saber qué esperar de la jornada) y un joven con auriculares que asentía levemente, como si alguien le dictara instrucciones desde dentro del cráneo. Ninguno parecía dispuesto a cruzar en rojo, aunque el mundo estaba completamente verde.

La realidad consensuada tiene una virtud inquietante: no necesita ser cierta, solo compartida. Si suficientes personas creen que algo es así, lo es, al menos en términos operativos, que no es poco. El valor del dólar, por poner un ejemplo, depende solo de la confianza que depositemos en él. En la actualidad, no tiene más respaldo que ese, el de la confianza. Y lo mismo podríamos decir del euro o de la libra esterlina. Si por hache o por be se quebrara esa confianza, los billetes que la soportan volverían a ser pura celulosa impresa. Ha ocurrido a lo largo de la historia (véase la burbuja especulativa de los tulipanes en la Holanda del siglo XVII). Pero nadie ha ingresado nunca en un psiquiátrico por adorar el dinero ni por sobrevalorar los tulipanes.

El semáforo cambió por fin a verde y cruzamos los tres con expresión de alivio, como si hubiéramos superado una prueba. Me pregunté qué habría ocurrido si uno de nosotros hubiera desobedecido el mandato luminoso. Probablemente, los otros dos habrían pensado que estaba un poco trastornado. Habríamos diagnosticado de anómala una conducta perfectamente razonable.

La cordura, pues, consiste en ver la realidad como la ven los otros (en muchos casos, como la ve Netanyahu). Y eso tiene algo de conspiración. Una conspiración que, como todas, exige disciplina: la de no transgredir una norma por idiota que sea.

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