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Trump quiere mandar hasta en las tasas de interés

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08.09.2026

Donald Trump parece haber llegado a una conclusión bastante cómoda para su manera de entender el poder: si algo no le gusta, debería poder cambiarlo. Si una frontera, un nombre geográfico, una tasa de interés o una institución se interponen entre él y la realidad que desea, entonces el problema no parece ser la realidad, sino la obstinación de ésta en no obedecer. Ahora su presión vuelve a concentrarse en la Reserva Federal. Después de un reporte laboral más fuerte de lo esperado, con 162 mil empleos creados en agosto y desempleo en 4.1%, aumentaron incluso las apuestas de que la Fed podría elevar tasas en septiembre. Trump exige exactamente lo contrario: que bajen.

Ahí está el problema de fondo. Un presidente tiene derecho a preferir tasas más bajas, crecimiento más rápido, crédito barato, hipotecas menos costosas y mercados en ascenso. Cualquier mandatario desearía algo semejante. Lo que no debería tener es la facultad de ordenar que todo eso ocurra, porque la política monetaria no existe para cumplir deseos presidenciales sino para equilibrar inflación, empleo y estabilidad financiera. La independencia de un banco central no es una extravagancia de tecnócratas. Es una protección contra la tentación permanente de abaratar artificialmente el dinero para producir bienestar inmediato y pasarle la factura al siguiente.

La economía estadounidense presenta hoy precisamente ese dilema. El empleo volvió a mostrar fortaleza y la inflación, aunque más contenida que en otros momentos, sigue suficientemente presente como para que la Fed mantenga cautela. Trump, en cambio, quiere recortes y ha llegado incluso a amenazar con utilizar la política comercial para presionar por ellos. La contradicción merece atención: los aranceles pueden elevar costos, las restricciones comerciales pueden afectar cadenas de suministro y la incertidumbre política puede retrasar inversiones, para después exigir que el banco central compense esas mismas presiones reduciendo tasas. Es como calentar una habitación y luego reclamarle al termómetro porque marca una temperatura demasiado alta.

Trump tiene, por supuesto, argumentos políticos. Las tasas elevadas encarecen hipotecas, créditos automotrices, tarjetas, inversión empresarial y servicio de deuda. Una economía que paga demasiado por el dinero puede enfriarse innecesariamente. Si la inflación estuviera claramente dominada y el empleo comenzara a deteriorarse, bajar tasas sería perfectamente razonable. Pero ésa es precisamente la decisión que debe tomar la Reserva Federal observando datos, no encuestas electorales ni instrucciones presidenciales.

Y aquí aparece un detalle casi chusco, aunque revelador. Trump lleva meses demostrando una sorprendente afición por rebautizar el mapa cuando algún nombre deja de agradarle. Ordenó que la administración federal estadounidense utilizara “Gulf of America” en lugar de Golfo de México; más recientemente impulsó que Estados Unidos denomine “Lake America” al lago Ontario; y ahora........

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