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Trump en su propio Estado de la Unión

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26.02.2026

El discurso del Estado de la Unión volvió a confirmar que con Donald Trump nunca se trata sólo de informar, sino de imponer un relato. Desde el primer minuto, el presidente dejó claro que no venía a matizar ni a dialogar, sino a reafirmarse. Estados Unidos, dijo, está mejor, más grande, más rico y más fuerte que nunca. Una frase redonda, diseñada para el eco, repetida como consigna hasta que pretende convertirse en verdad. Trump no gobierna con matices ni con dudas; gobierna con certezas declamadas, aunque éstas se sostengan más en el tono que en la realidad.

El escenario del Capitolio fue una postal nítida del país dividido que hoy encabeza. Aplausos cerrados de un lado, silencio pétreo del otro. Los republicanos se pusieron de pie una y otra vez, como si cada ovación fuera una prueba de lealtad. Los demócratas, en cambio, optaron por permanecer sentados, con el gesto serio y los brazos cruzados. Ese silencio, más que cualquier consigna, fue un mensaje político poderoso. Trump lo entendió así y reaccionó como suele hacerlo: con molestia. No tardó en reclamarles públicamente por no ponerse de pie para aplaudirle “los logros del país”. En su lógica personalista, no aplaudirlo a él equivale a no querer a Estados Unidos.

Ese reclamo dice mucho más de lo que aparenta. Trump confunde deliberadamente al Estado con su figura, a la nación con su discurso. El aplauso no es, para él, un gesto protocolario, sino una validación moral. Y cuando no llega, lo vive como una afrenta. El Capitolio no fue esa noche un espacio de deliberación........

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