La herencia inmaterial
Primera parte: Lo que recibimos
Cuando escuchamos la palabra herencia, casi de manera automática pensamos en bienes materiales. Imaginamos una casa, un terreno, una empresa, una cuenta bancaria o un patrimonio construido a lo largo de muchos años de trabajo. Es una asociación natural. Durante siglos hemos entendido la herencia como aquello que puede poseerse, medirse, dividirse y transmitirse mediante un testamento.
Sin embargo, existe otra herencia mucho más profunda y, con frecuencia, mucho más trascendente. No aparece en una escritura pública, no puede depositarse en una institución financiera ni figura en un inventario sucesorio. Nadie puede venderla ni comprarla y, aun así, suele determinar el carácter de una persona, la fortaleza de una familia, la identidad de una comunidad y, en buena medida, el destino de una nación.
Es la herencia inmaterial.
La que permanece cuando los bienes cambian de dueño.
La que sigue viviendo cuando quienes la transmitieron ya no están.
Todos llegamos al mundo recibiendo mucho antes de ser conscientes de ello. Antes de aprender a leer ya habíamos aprendido a mirar el mundo desde una determinada perspectiva. Antes de comprender plenamente el significado de las palabras ya habíamos comenzado a formar nuestro carácter. Antes de tomar nuestras primeras decisiones importantes ya habíamos recibido una manera de entender el trabajo, la familia, la autoridad, el respeto, la amistad, la solidaridad, la responsabilidad y el servicio.
Ninguno de nosotros empezó desde cero.
Todos comenzamos nuestra vida apoyados sobre la obra de quienes nos precedieron.
Recibimos una lengua con la que aprendimos a nombrar el mundo y a expresar nuestros sentimientos. Recibimos una historia que explica, en buena medida, quiénes somos como comunidad. Recibimos costumbres, tradiciones y formas de convivencia construidas durante décadas o incluso siglos. Recibimos instituciones que........
