Nunca tuvimos una dictadura “perfecta”, pero sí, una democracia no tan lejana a ello
Nuestra transición democrática ha sido, por decir lo menos, tortuosa, por no decir que un rotundo fiasco. De 1997 (primeras elecciones luego de las osadas e imprudentes reformas de 1996) al 2018, el país dio tumbos, con la pérdida de la paz social incluida y de cualquier noción de justicia que antes hayamos tenido. Un 99% de impunidad en los delitos debería ser razón suficiente para que los impulsores de “una democracia sin adjetivos” se callen y pidan perdón al pueblo de México, dada la serie de pestes que trajeron consigo sus ideas quiméricas, que, sentados en una oficina lujosa, leyéndolas y escribiéndolas en mullidos salones de finas pieles, suenan hasta a poesía, pero que, más que alejadas de la realidad del México profundo, no fueron sino la receta perfecta para el desorden, la desigualdad obscena, un federalismo atrofiado y una violencia orgiástica.
No fue sino hasta 2018 que el péndulo político se destrabó de los dogmas neoliberales, lo que hubiese ocurrido mucho antes con nuestro anterior sistema, que, se diga lo que se diga, funcionó por más de siete décadas y que, sin él, no........
