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Por eso mataron a Mateo

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16.05.2026

Fue la duda la que sentenció a Mateo, en un territorio donde impera la ley de los criminales. “La duda se entierra”, me dijo un paramilitar hace un par de décadas, justificando un asesinato. Lo mismo habrán alegado los asesinos del periodista ante el reclamo de Calarcá y de su lugarteniente, alias Chalá. Se limitaron a cumplir la ley que rige en sus territorios, la que les permite subyugar a las poblaciones: solo entran los autorizados.

Introvertido, resuelto, valiente, inexperto en coberturas de orden público, Mateo llegó a Briceño al día siguiente de un operativo militar en la vereda Palmichal.

A unas dos horas de su Yarumal natal, tomó el desvío de la carretera nacional para recorrer los últimos 28 kilómetros por una vía solitaria, destapada, entre montañas frondosas. Al arribar al pueblo, demasiado pequeño para disimular sus pasos, dejó su mochila en el diminuto hotel que había reservado, situado en la única calle comercial. Escaso de fondos, regateó y consiguió rebajar a 25.000 pesos la noche. Luego se dirigió a la estación de Policía, la Alcaldía y la Personería, sitas en el parque principal, dominado por una escalinata que termina en la parroquia.

A todos comunicó su intención de seguir hacia las veredas. Y todos le advirtieron de la peligrosidad de su empeño y que no podían ayudarlo. Nadie se aventura más allá del casco urbano sin permiso expreso del frente........

© Revista Semana