El suicidio de gobernar solo
Iván Duque terminó víctima de su propio invento: creyó que la legitimidad de las urnas bastaba para gobernar y excluyó deliberadamente de la toma de decisiones a la clase política, incluso a aquellos afines a su proyecto. El costo de esa apuesta fue altísimo. Frente al embate feroz de la oposición y el vandalismo social del tristemente célebre estallido, Duque se encontró sin respaldos: nadie, ni siquiera los suyos, salió a apoyarlo. Así, terminó sin margen alguno para ejercer el poder.
No cabe acusar a Duque de mala fe, pero sí de ingenuidad política. Gobierno tras gobierno, Colombia tropieza con la misma piedra: confundir el poder formal con verdadera gobernabilidad. La realidad es otra. Gobernar exige conformar alianzas, construir apoyos sólidos y tejer redes de colaboración con quienes, aunque imperfectos, son piezas esenciales del tablero nacional.
El presidente Petro, después de un breve intento de apertura a la centroizquierda, cayó en la trampa de ensimismarse en sus dogmas. Se rodeó de los........
