Lejos del mundanal ruido
En un primer sentido, cultura significa la acción del hombre sobre la tierra para que ella produzca sus frutos. Es la agricultura. En otro, refiere a las características de un pueblo, a su religión, su lengua y su música, a sus hábitos alimenticios y su vestuario. Así definida, es equivalente a folclor o, de otra manera, a cultura popular. Por último, la cultura es la consolidación de los mejores productos del espíritu humano: la literatura y las artes, visuales y sonoras. Este es el sentido que ahora me interesa.
Una porción de esta cultura viene de la antigüedad. Como el agua que deja una marca indeleble en la roca a la que golpea sin tregua, sus expresiones son parte del patrimonio de la humanidad. Así sucede con las epopeyas atribuidas a Homero, que probablemente fue un compilador del que nada sabemos, y las grandes tragedias griegas del siglo V a. C. Las troyanas, de Eurípides, por ejemplo, (que estoy ávido de volver a leer) cuenta los horrores padecidos por las madres, hijas y esposas de los gobernantes de Troya cuando la ciudad fue vencida por los aqueos. Ese es el tema de la Ilíada, deslumbrante por su belleza y aterradora por la crueldad y la violencia inmanentes a la guerra.
En donde termina la Ilíada comienza la Eneida, escrita por Virgilio unos siete siglos después. Es la gran saga de Eneas, quien, huyendo de Troya, inicia un largo viaje por el Mediterráneo hasta la región del Lacio para fundar a Roma. Uno de sus capítulos más conmovedores refiere a los amores de Eneas con Dido, reina de Cartago. En el siglo XVII, Henry Purcel compuso una ópera bellísima para contarnos esa historia desgraciada.
Estos son ejemplos de literatura clásica de tiempos remotos, como hay muchos otros autores imperecederos de épocas posteriores: Dante, Cervantes, Moliére, Shakespeare, entre otros. Apenas hay que decir que igualmente existen músicos y pintores que son clásicos, aunque no realizaron sus magnas obras en la época grecorromana. Bach y Beethoven, Miguel Ángel y Rembrandt son casos insignes.
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Hay obras que, poco después de su creación, generan en torno suyo un plebiscito implícito sobre su excepcional jerarquía. Ese lauro puede provenir de un consenso de la élite intelectual, aunque en otras ocasiones es el sentir popular la fuente de su prestigio. Pienso en El Quijote, que fue menospreciado por los autores contemporáneos de Cervantes, cuya biografía es tan interesante como la de sus personajes principales: El Caballero de la Triste Figura........
