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El pluralismo y sus límites

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12.05.2026

No ha sido sencillo el dilatado tránsito del pensamiento y la práctica política hacia la consolidación de la democracia, hoy de nuevo asediada desde los extremos ideológicos. En el memorable discurso de Pericles, pronunciado en el siglo V a. C., el gran líder ateniense definió los elementos centrales de la democracia: “Nuestro régimen político no imita las leyes de otros pueblos; más bien somos ejemplo para algunos”. “Su nombre es democracia, porque la administración no está en manos de unos pocos, sino de la mayoría”. “En las disputas privadas, todos son iguales ante la ley; y en los asuntos públicos, cada cual es preferido no por su clase social, sino por su mérito”. “Vivimos en libertad, tanto en la vida pública como en la privada; y no recelamos unos de otros por sospechas”.

Poco después se produjo la muerte de Pericles y el colapso de la democracia ateniense. En la generación siguiente, nadie menos que Platón defendió las tesis contrarias. En el Gorgias sostuvo que “no es el pueblo quien sabe, sino los que saben; y sin embargo, en la democracia, los que no saben, deciden”. De donde lógicamente se concluye que el poder de gobernar debe concederse a los sabios.

Parecida, por sus consecuencias, es la posición de las religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo, islamismo). Si Dios es único, de él emana la verdad, y esa verdad se plasma en los libros sagrados. En la epístola a los Romanos, San Pablo afirma “que no hay autoridad que no provenga de Dios”. Como Dios ha investido al gobernante de la autoridad que detenta, nadie puede disputarle el poder. Luis XIV en Francia concluyó, con entera lógica, que “el Estado soy yo”.

Los empiristas del siglo XVII sostuvieron que, como había sido posible avanzar en el conocimiento de la naturaleza a partir de la observación y el uso de las matemáticas, sería viable encontrar la verdad sobre las leyes que gobiernan la sociedad. Montesquieu dio ese salto en “El........

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