La cultura no milita
En el gobierno de Gustavo Petro le cambiaron el nombre al Ministerio de Cultura para sonar más incluyentes. Le agregaron palabras al membrete oficial, pero en la realidad del territorio terminaron excluyendo las artes, las culturas y los saberes. ¡Vaya paradoja!
Durante años se construyó un relato político según el cual solo una corriente ideológica podía hablar en nombre de los pobres, de los artistas y de las artes y las culturas. Como si la sensibilidad social tuviera dueño y el compromiso con el patrimonio nacional dependiera de una sola visión política. Poco a poco intentaron convencernos, casi de manera silenciosa, de que las artes y las culturas tenían propietario. De que la cultura era de izquierda y los artistas también. Pero la cultura no milita en partidos políticos. La obra de Gabriel García Márquez no es de izquierda; las canciones de Rafael Escalona no le pertenecen a la derecha; el vallenato no vota y el Wayuunaiki no carga un carné de militancia.
Uno de los errores más costosos de cualquier proyecto político consiste en confundir el Estado con el gobierno y el patrimonio de una nación con el patrimonio ideológico de quienes ejercen temporalmente el poder. Las instituciones públicas existen para administrar bienes comunes, no para administrar identidades políticas. Sin embargo, el gobierno saliente terminó apropiándose del relato cultural como si las artes y las culturas fueran una extensión de su proyecto político. Y di tú si fuera solo eso: además de convertir el sector en un escenario permanente de propaganda, la gestión pública terminó dejando más........
