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En un mundo que se derrite

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28.07.2026

Se llamó desarrollo a sacralizar el capitalismo fósil. Es horrible ver cómo todo arde en Guadalajara, en Madrid, en Castilla y León, en Aragón, en Sicilia o en Francia

El mundo se derrite y los territorios, la subsistencia de las personas y los vínculos y relaciones que sostienen todo lo que en la tierra respira y palpita están en riesgo. 

La palabra derretir tiene diferentes acepciones. La más evidente se refiere a que algo sólido se transforme en líquido o pastoso a causa del calor. Algo como lo que la penúltima ola de calor de este verano ha hecho con las juntas sellantes de los raíles del tranvía en la ciudad alemana de Leipzig, obligando a suspender por completo el servicio. O el arqueamiento de las placas de hormigón de, por ejemplo, la autopista A115 y las autovías A2 y A7, todas ellas en Alemania, que se elevaron hasta 15 centímetros sobre la calzada y obligaron a un cierre de emergencia. O el derretimiento del asfalto de las carreteras en diversos lugares de Chequia, Francia o la propia Alemania. O el hecho de que en Francia hayan tenido que desconectar varias centrales nucleares a causa del calor. 

En el mundo, la inmensa mayoría de los hogares no cuenta con sistemas de climatización ni adaptación a las temperaturas extremas. Tampoco la mayor parte de los edificios públicos ni el transporte. En hospitales, escuelas, centros geriátricos, las profesionales y las personas residentes o enfermas se encuentran sometidas a unas temperaturas sofocantes. En las calles de las ciudades grandes, el problema se agrava al recibir todo el calor adicional que se extrae con los aparatos de aire acondicionado, porque el calor, que es energía, no se destruye ni desaparece mágicamente, simplemente se desplaza de unos lugares a otros.

El calor extremo también deshace los equilibrios biológicos que tienen los cuerpos para mantenerse vivos. Entre el 22 y el 28 de junio, los institutos nacionales de Alemania, Francia, Bélgica, España, Países Bajos, Suiza y Luxemburgo registraron cerca de 10.000 muertes humanas por encima de lo esperado. Según algunas fuentes, más 5.000 se produjeron en Alemania y unas 3.000 en Francia. Las personas más afectadas son las más mayores, las más pequeñas, las mujeres y las más pobres. Muchísimas personas, sobre todo ancianas y enfermas, están confinadas en sus casas, sin poder salir de ellas más que muy a primera hora de la mañana. El calor extremo se ceba con quienes padecen enfermedades previas, viven en ciudades hiperasfaltadas, en viviendas mal acondicionadas, no tienen hogar o sufren aislamiento social. 

Las olas de calor, que ya se suceden en una suerte de normalidad, aumentan exponencialmente el riesgo de incendios. Es horrible ver cómo todo arde en Guadalajara, en Madrid, en Castilla y León, en Aragón, en Sicilia o en Francia y las consecuencias del fuego sobre la vida humana y no humana, en términos de pérdidas de personas, animales, plantas y territorio, de más confinamiento, de desplazamiento forzoso, de tristeza, impotencia y de miedo. Si bien es verdad que no se puede tolerar la impunidad en torno a los incendios provocados, haríamos mal en centrar el foco solo en la causa inmediata detonante del fuego y no en las condiciones estructurales que los facilitan, especialmente el abandono rural, las dificultades crecientes para el sector agropecuario extensivo, la falta de atención y mantenimiento en los montes en contextos de caos climático y el urbanismo desatado. Los rayos, las chispas accidentales de las maquinarias o de las ruedas de un tren también provocan fuegos. Necesitamos prevención, formación y capacitación de las personas para atender situaciones que ya son estructurales. Pero sobre todo una profunda transformación de las relaciones entre personas, economía y territorio.

Si hago esta descripción es para resaltar que, ni siquiera el mundo rico que supuestamente mejor hacía los deberes, cuenta con infraestructuras, equipamientos o capacitación adaptadas a este mundo extraño en el que nos toca ya vivir. Más bien, las tendencias muestran que lejos de buscar fórmulas que avancen en adaptación, protección y cautela, los modelos económicos profundizan y agravan los problemas. Por supuesto, los problemas más acuciantes no se dan en Europa, que es donde se acumulan privilegios. 

En la trama de la vida, todo está conectado y tal y como señalaban Javier Andaluz y Sofía Fernández en el diálogo impulsado por la Fundación CTXT el pasado 21 de julio, las intervenciones lineales, de final de tubería y ajenas a la complejidad de lo vivo no sirven. Ojalá funcionaran. Lo desearía con todas mis fuerzas. Pero todas las........

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