Pobre sin conciencia de clase, blanco con odio de raza
Una observación que siempre me impactó en África fue conocer a dos personas de la misma etnia, del mismo pueblo, de la misma aldea que eran como el día y la noche como resultado de una misma historia trágica que produce rebeldes y futuros traidores, por acción o por omisión. Estos recuerdos me asaltan siempre que veo las imágenes de la humillante detención de Patrice Lumumba en 1960, la dignidad del revolucionario anticolonialista y el complejo de gusano sádico de los soldados de Mobutu Sese Seko que lo obligaron a comerse su propio discurso.
Uno de ellos es un animal domesticado, colonizado, obediente, producto de una profunda corrupción histórica, moral, siempre listo para tomar la mínima ventaja personal adulando a cualquiera que esté sobre él, ya sea el arquitecto director de obra, el oficial de provincia o el ministro de la capital. Ese mismo tipo de hombre que, en cada pueblo al que llegábamos, en cada reunión con los líderes de la aldea, no perdía la oportunidad para decirme, aparte, que ellos preferían “jefes blancos” porque eran “menos corruptos que los negros”.
El otro tipo de hombre era el rebelde, el de la sonrisa medida, el que no creía cualquier cosa que se le decía sin una explicación. Era aquel que parecía un ser humano completo, extremadamente inteligente no solo porque lo fuese sino porque tenía algún tipo de educación, casi siempre autodidáctica. Era aquel capaz de manejar datos y argumentos y que cuando preguntaba no era por adulación, sino porque no entendía o quería aprender o algo. El típico perdedor. Un demonio de pau preto.
Como joven arquitecto en Mozambique, hice más amigos entre este tipo de obreros que, al principio, tenían una actitud hostil hacia el blanco venido de América―mulucu ncunha. Fácilmente pude haber prescindido de sus servicios, no por no cumplir alguna de mis ordenes en la construcción (algo que nadie hacía) sino porque podía hacerlo a gusto y quedarme solo con los domesticados.
Cuando........
