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Una apuesta de manual para el fracaso

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16.04.2026

¿Trump convirtió una negociación de paz en una ejecución política? (El Tábano Economista)

En medio de un almuerzo de Pascua en la Casa Blanca, el presidente Donald Trump se salió del guion para abordar las especulaciones sobre el papel de su vicepresidente, JD Vance, en la consecución de un acuerdo para poner fin a la guerra en Irán. “Si no sucede, le echaré la culpa a JD Vance”, bromeó Trump. “Si sucede —añadió, como quien reparte cartas en una partida de póquer donde siempre tiene el as bajo la manga—, me atribuiré todo el mérito”. Esa declaración, envuelta en el celofán de un chiste de sobremesa, reflejaba a la perfección la naturaleza de una vicepresidencia que nunca ha sido un trampolín, sino una trampa. Vance no está ahí para heredar el trono; está ahí para ocupar el sitio del peón que el rey sacrifica cuando el jaque se acerca.

La misión diplomática que el vicepresidente encabezó en Islamabad era, en esencia, un campo minado sembrado con la previsión de un gran estratega, que no es Trump. Para avanzar hacia un acuerdo permanente que ponga fin a seis semanas de una guerra que ha asolado Oriente Próximo y convulsionado la economía mundial, Vance tendría que satisfacer a partes con intereses tan contrapuestos como la Casa Blanca, el Pentágono, el lobby proisraelí y un régimen iraní que ha sobrevivido a todo, incluida la propaganda de su propia aniquilación. Pero lo más fascinante —y aquí radica la genialidad siniestra del guion— es que el fracaso no es un accidente. Es la característica principal del diseño. La misión de Vance en Pakistán no fue un fracaso diplomático; fue una pieza calculada dentro de una estrategia mayor cuyo tablero no está en Oriente Próximo, sino en las primarias republicanas de 2028.

Si la maniobra y la finalidad de las metas de guerra de Trump no estaban nada claras —y no lo estaban—, los objetivos de una paz acordada lo son muchísimo menos. Y esa opacidad no es un defecto, sino un rasgo. Porque el conflicto con Irán sirve a múltiples propósitos internos y externos que se retroalimentan como serpientes devorándose la cola.

Inicialmente, la Administración declaró objetivos maximalistas dignos de un videojuego: “derrocamiento del gobierno”, “aniquilación” de la capacidad militar iraní. Luego, como quien baja el volumen de una música incómoda, expertos del think tank Carnegie Endowment sugirieron que el verdadero objetivo era aún más modesto: cambiar el comportamiento del régimen, desmantelar un programa nuclear que supuestamente ya estaba desmantelado tras la guerra de los doce días, y frenar la influencia regional de Teherán. El propio Trump reconoció que el cambio de régimen no era el objetivo original. Nadie sabe a ciencia cierta qué se busca, pero todo el mundo intuye que la paz verdadera jamás ha estado en la mesa. La guerra es el medio; la paz, el pretexto.

Vance, acérrimo opositor a la guerra antes de ser vicepresidente, era la persona con menos probabilidades de tener éxito en unas negociaciones que él mismo consideraba un error estratégico. Y precisamente por eso fue elegido. Su misión era un cáliz envenenado, una copa de la que no se puede beber sin morir políticamente. Enviar a un antiintervencionista a negociar la paz con Irán le permite al presidente o su entorno, dos jugadas maestras a la vez. Por un lado, apacigua a su base más aislacionista, demostrando que escucha a los sectores del partido que se oponen a la guerra; por otro, tiende una trampa perfecta a su........

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