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Israel de la Rosa: «La nobleza»

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27.07.2026

Es uno de los pecadillos del ser humano occidental, del ser humano cosmopolita, semipudiente: el deseo de riqueza, de esplendor, de brincar un peldaño por encima del prójimo, de aferrarse a los clavos salientes de la nobleza. Hay como una especie de espinita clavada en el costado de la dignidad, que desgarra la herida y hace de ella un surco sinuoso. Sobrevuela una rebelde y caprichosa afrenta en el aire tibio, estigma invisible y doloroso como sarpullido tenaz, certeza agria de sentirse inferior, ciudadano de segunda. El terrible complejo de creerse injustamente infamado, de no representar tristemente más que un granito de arena en ese montón grasiento y apelmazado de la masa social, una oveja más de pelaje lanudo y sucio, un miembro desdentado en la abigarrada familia urbana. El último mono, por así decir.

¿Existirá cosa más patética y humillante, tal vez, que hundirse en la franja viscosa de los cincuenta años, como en charco negro de alquitrán, y pasearse por el pueblo en un Dacia de segunda mano? Ay, penurias… Y con las ventanillas bajadas, con el codo y la lengua fuera, achicharrados en verano porque el aire acondicionado no funciona, porque no quiere llegar la pieza de Alemania. Ay, dolor en el alma…

A lo que uno aspira secretamente, digámoslo de una vez, es a recorrer dulcemente las anchas avenidas, una bonita tarde de domingo, en lo alto de un inmenso elefante debidamente enjaezado, con paños de seda y guirnaldas, con sombrilla gorda, festones rizados y remolinos de confeti, y seis pares de trompetas anunciadoras de angelicales melodías. Muy tieso, en la joroba de la bestia, desde el trono vertiginoso y bamboleante, trono merecido de divinidad olímpica, se imagina uno a sí mismo repartiendo caramelos a diestra y siniestra, con gesto gracioso y regio —si es que los protocolos de la elegancia lo permiten—, embutido en preciosos ropajes gaseosos de un blanco admirable, cegador........

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