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Israel de la Rosa: «El pellizco»

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31.08.2026

Tener mucho dinero lo convierte a uno en mejor persona. Y así, colocando el corolario al principio de este artículo y no al final, como corresponde, nos aventuramos a decretar categóricamente una verdad absoluta. Verdad absoluta, no obstante, únicamente para el soñador, para el iluso, para el bobo. Para el perseguidor ingenuo que con ahínco acecha el pellizco suculento, el codiciado y sabroso bocado de una lotería. Con mucho dinero, forzoso es deducirlo, uno tiene que ser feliz, uno tiene que volverse alegre, y amable también.

Y esa alegría y amabilidad contagiarán irremediablemente a todos aquellos que en su camino se crucen. El mundo entero, tocado dulcemente por la generosa varita mágica del sujeto adinerado, se transmutará, a su paso, en recipiente fabuloso de seres vivos retozadores y alborozados: «Buenos días, María. Qué bien se la ve a usted esta mañana», saluda el flamante y nuevo millonario desde su vehículo de altísima gama, con voz aterciopelada y gesto risueño. Y María, que en realidad se llama Begoña, y que no había visto en su vida a semejante mamarracho, se queda mirando con asombro y cierto recelo cómo se aleja ese tiparraco en su coche mortuorio. A una determinada edad —todo hay que señalarlo—, apearse de un vehículo juvenil y coquetón puede resultar particularmente grotesco. No es extraño contemplar a un millonario maduro salir arrastrándose a duras penas de un deportivo achatado, deslizándose el carcamal a gatas, entre gemidos y resuellos penosos. Pero no negaremos que algo hermosamente sagrado hay en esta peripecia: abandona uno el coche besando el suelo, postrado, como una especie de enviado del Señor, como un humilde y decrépito representante de Dios en la tierra. Mi corazón está henchido de felicidad y mi bolsillo de riqueza, ergo me hinco en el asfalto con humildad para dar gracias a la vida.

Todo se puede con dinero. Más allá de alcanzar esa........

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