Padres deprimidos
Siempre he creído que hay mucho de irresponsabilidad, de autoindulgencia y de ego en la decisión de convertirse en madre o padre. Que pensemos que estamos preparados para atender, cuidar, educar y proteger a un ser humano dependiente de nosotros, vulnerable y maleable es, si se piensa en frío, una locura. Cinco minutos antes de conocer a mi hija yo estaba inmersa en una burbuja de emoción, expectación y felicidad que no me dejaba pensar, solo sentir, pero esa noche, ya más calmada, en la habitación de aquel hotel en Addis Abeba, mirando a mi hija que dormía profundamente, sentí todo el peso de la responsabilidad que acababa de adquirir. El peso de saber que ese diminuto ser, su felicidad, su bienestar y su futuro reposaban en mis manos. De mi primer año como madre me queda el recuerdo de un montón de experiencias maravillosas, pero también la memoria del vértigo, del miedo, de la ansiedad, de las dudas, del cansancio, del desbordamiento y del estrés que padecí y que me hicieron sentir tan culpable como avergonzada. Tardé en darme cuenta de que eran sentimientos complejos y duros pero también naturales. Y, si bien es verdad que yo me libré de la montaña rusa hormonal que lleva aparejada la maternidad biológica, compensé su ausencia con las dificultades y retos que conlleva una adopción. Y hubo días en los que lo único en lo que podía pensar era en salir por la puerta y no mirar atrás.
Las madres de mi generación, y las de las generaciones anteriores, no........
