Sonny Rollins cruza el puente
La historia más hermosa del jazz cuenta que Sonny Rollins se retiró a ensayar al puente de Williamsburg, en Manhattan, y que tocaba solo, durante catorce o quince horas diarias, sin más acompañamiento que el zumbido de los coches por debajo de la pasarela elevada, los redobles fulminantes de los trenes y las sirenas de los barcos navegando por el East River. Caminaba todos los días hasta aquel santuario sólo por no molestar a los vecinos y a su mujer embarazada, y durante más de dos años, del verano de 1959 al otoño de 1961, estuvo allí, buscando el sonido perfecto entre la cacofonía del tráfico y las arias fluviales.
Casi desde el comienzo, Rollins sospechó que se trataba de una experiencia no sólo física sino espiritual, un retiro artístico que incluía el ayuno, el yoga, la meditación, y que terminaría por llevarlo hasta el movimiento Rosacruz, el mismo que inspiró a Debussy, a Satie y a Edith Piaf. A veces tocaba a pleno sol, a veces tenía que refugiarse en uno de los nichos de la plataforma, protegido de la lluvia y del viento por uno de los saledizos. Poco a poco, se corrió la voz y una muchedumbre de oyentes -trabajadores, vecinos, aficionados al jazz, simples curiosos- acudía en secreto a escuchar cómo cortaba en dos la noche desde el puente de Williamsburg. Si alguien se acercaba a preguntarle, decía que se llamaba Buster Jones. Nadie tenía ni idea de quién era en realidad aquel pájaro solitario hasta que un día el crítico Ralph Berton pasaba cerca de........
