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Dar voz a los tontos

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19.04.2026

Hubo un tiempo, allá a mediados del pasado siglo, en que se pensaba que la televisión podía ser un excelente instrumento educativo, una ventana abierta al mundo y una academia para todos los públicos. Sin embargo, los Grandes Poderes se olieron el peligro de inmediato y transformaron el excelente instrumento educativo en una zambomba, llevaron la academia al circo y abrieron la ventana a un retrete inmundo. De niño asistí a la traca final de aquella utopía catódica, un colofón magistral donde encendías la tele y podías ver el Calígula de Camus encarnado por José María Rodero, una entrevista a Marguerite Duras o a Sonny Rollins tallando el viento desde un saxo.

Ya he hablado, a raíz de la muerte de José Luis Balbín, de cuánto aprendimos los españoles que tuvimos la suerte de crecer, madurar o envejecer al calor de programas como La clave; los Conciertos para jóvenes con Leonard Bernstein y la Filarmónica de Nueva York; El hombre y la tierra, de Félix Rodríguez de la Fuente; A fondo, con Joaquín Soler........

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