El feminismo no ha ido demasiado lejos
En las últimas semanas hemos conocido un dato inquietante: el apoyo al feminismo ha descendido de forma notable, especialmente entre hombres jóvenes. Paralelamente, crece la idea de que “el feminismo ha llegado demasiado lejos” y comienzan a escucharse propuestas que sugieren revisar o incluso retirar la educación en igualdad de los centros educativos para evitar una supuesta radicalización masculina.
Algunos opinadores (varones) sostienen que las charlas de igualdad “insultan” a los chicos y que esa interpelación directa estaría alimentando el giro hacia posiciones más conservadoras. La explicación es sencilla: si hablar de desigualdad genera incomodidad, dejemos de hablar. Y yo me pregunto: ¿De verdad cuesta tanto aceptar la idea de que no existe igualdad y legitimar un discurso pro derechos humanos?
La historia ya nos ha demostrado que los avances en derechos nunca han sido cómodos. Cada ampliación del marco democrático ha producido momentos de reacción. Lo que estamos viviendo no es tanto un exceso de igualdad como un momento de reacomodación simbólica.
Cuando un grupo que ha ocupado históricamente el centro percibe que pierde monopolio sobre los privilegios, sobre la definición de la norma, puede experimentar esa transformación como agravio. La psicología social ha descrito este fenómeno como amenaza de estatus. Y esa sensación, si no se acompaña pedagógicamente, puede convertirse en resentimiento.
La catedrática de Sociología Marina Subirats lleva años señalando que uno de los problemas es cómo hemos educado emocionalmente a los chicos. A las niñas se las ha socializado en el cuidado y la empatía; a los niños, en la dureza y la autosuficiencia. Cuando el feminismo cuestiona modelos de masculinidad basados en el dominio o la invulnerabilidad, que se traduce en una desigualdad relacional, muchos jóvenes carecen de herramientas emocionales para sostener esa interpelación sin vivirla como ataque.
Subirats propone algo profundamente transformador: introducir la ternura en la educación de los chicos. No como sentimentalismo, sino como alfabetización emocional. Aprender a reconocer miedo, frustración o inseguridad sin traducirlas automáticamente en rabia o negación. Pero esa tarea no es solo escolar: como sociedad también deberíamos dejar de castigar cualquier expresión emocional masculina que se perciba como femenina. Cuando un chico expresa cuidado, gratitud o vulnerabilidad –por ejemplo, compartiendo públicamente un gesto afectivo hacia su pareja– y la respuesta que recibe es burla, descalificación o etiquetas como moñas, el mensaje que transmitimos es claro: sentir y mostrar afecto sigue teniendo un coste simbólico para los varones. Mientras penalicemos la ternura, seguiremos reforzando la dureza como única forma legítima de masculinidad.
Porque lo que hoy se está articulando en ciertos espacios digitales no es solo desacuerdo ideológico. Es miedo. Algunas investigadoras feministas han analizado cómo en los márgenes de internet se han consolidado relatos centrados en el miedo masculino: miedo a denuncias falsas, a perderlo todo tras un divorcio, a ser injustamente señalados, a no cumplir expectativas de éxito o deseabilidad. Estos discursos encuentran terreno fértil en contextos de precariedad económica y fragilidad identitaria.
Sin embargo, conviene no perder la perspectiva. Como escribió Margaret Atwood: “Los hombres tienen miedo de que las mujeres se rían de ellos. Las mujeres tienen miedo de que los hombres las maten”. No se trata de competir en victimismos, sino de recordar que las desigualdades materiales y la violencia estructural siguen teniendo rostro mayoritariamente femenino.
En este contexto, el debate interno del feminismo tampoco es menor. Los movimientos sociales son dinámicos y pluralistas. Pero hay elementos de fondo que conviene no diluir: el feminismo nace como movimiento de las mujeres frente a una desigualdad histórica basada en el sexo. Esa raíz material explica su existencia y su legitimidad política. Reconocer la diversidad de experiencias no implica perder de vista quiénes han sido –y siguen siendo– las principales afectadas por las violencias específicas que dieron origen al movimiento.
En los últimos meses hemos visto cómo determinadas etiquetas se utilizan para clausurar el debate. Calificar de “putofobia” a una parte del feminismo que cuestiona la prostitución como institución puede no ser la manera más respetuosa de sostener una discusión compleja. Discrepar sobre el modelo social no equivale a despreciar a las mujeres que se encuentran en esa realidad.
La pregunta de fondo es otra y merece ser formulada sin caricaturas: ¿es coherente con una sociedad que se declara igualitaria transmitir que la compra del acceso al cuerpo de las mujeres puede considerarse una práctica neutral o emancipadora, especialmente cuando está atravesada por desigualdades económicas, migratorias y de género? Plantear esta cuestión no es señalar a nadie; es reflexionar sobre qué entendemos por igualdad y qué modelo de relaciones queremos legitimar colectivamente.
La respuesta no puede ser el silencio. Tampoco la simplificación. Necesitamos mejor pedagogía, mayor complejidad y espacios de diálogo donde los chicos puedan expresar sus miedos sin que eso implique frenar los derechos de las mujeres. Necesitamos políticas públicas que atiendan la precariedad juvenil (trabajo, vivienda, ocio, participación, etcétera) sin convertir la igualdad en chivo expiatorio.
El 8 de marzo no es una fecha para la complacencia, sino para la reflexión. El feminismo no es una moda ni una consigna identitaria; es una herramienta crítica para identificar, señalar y analizar desigualdades persistentes y transformarlas. Quizá el problema no sea que el feminismo haya ido demasiado lejos, sino que la igualdad empieza a no ser negociable.
La autora es psicóloga y docente feminista
