Bolivia y su espejo enterrado
Bolivia es, quizás más que cualquier otro país sudamericano, el territorio donde la multiplicidad histórica y sociológica de América Latina se manifiesta con mayor intensidad.
El espejo enterrado, del escritor mexicano Carlos Fuentes, fue uno de los ensayos más claros y lúcidos que leí por primera vez, allá, en 1994. Se había publicado para conmemorar los 500 años del primer viaje del navegante Cristóbal Colón a América y, sin duda, tuvo un impacto brutal sobre el análisis de la cultura hispanoamericana, incluyendo, hasta entonces, a los eruditos que repensaban la trayectoria de América desde sus raíces españolas y su combinación indígena.
Fuentes propone que nuestra identidad continental es un espejo oculto bajo capas de tiempo, conquista y mestizaje, un espejo que solo puede recuperarse excavando la memoria profunda. Bolivia, con su geografía vertical, sus pueblos originarios persistentes, sus migraciones incesantes y sus tensiones políticas contemporáneas, representa la metáfora perfecta de ese espejo enterrado: una nación construida sobre imágenes que se superponen, se contradicen y, aun así, conviven en tensión permanente.
En las raíces más antiguas del territorio boliviano se encuentra la matriz andina, compleja y circular, cíclica, donde el tiempo se concibe como espiral y la comunidad se organiza desde la reciprocidad, ayni, la cooperación y la armonía con la naturaleza. Aymaras y quechuas, junto con una amplia constelación de pueblos amazónicos, no constituyen solamente un antecedente histórico, sino la base viva de una civilización que ha sobrevivido a imperios, colonizaciones y modernizaciones.
En Bolivia, el pasado indígena real, no el inventado ni teatralizado por el masismo durante 20 años, no está perdido: está presente, susurrando desde las lenguas originarias, desde las arquitecturas rituales, desde la organización comunitaria que estructura la vida en el altiplano, en las selvas y en el universo afroboliviano. El espejo enterrado tiene aquí un rostro prehispánico que nunca dejó de mirarse a sí mismo, incluso cuando intentaron cubrirlo con otras imágenes grotescas y circenses, desde y con la figura impostora de Evo Morales y todo lo que implicó ese proceso de desinstitucionalización cultural en Bolivia.
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