La vicepresidencia en su laberinto
Una autoridad de gobierno, independientemente la jerarquía que tenga, tiene bajo su responsabilidad la conducción de los asuntos públicos que afectan directamente a millones de personas; debido a ello es que no puede ni debe ejercerlo de manera aislada. Esto significa que todo gobernante necesita rodearse de personas aptas y competentes que le ayudarán a resolver los complejos e intrincados asuntos del Estado.
Llamémoslos como queramos: consejeros, secretarios, asesores o ministros son quienes forman parte del entorno de la persona que conduce el gobierno y deben ser elegidos con criterio; es decir: por su inteligencia, experiencia, prudencia y conocimiento técnico en la gestión pública. En ese sentido, temas como la seguridad, economía, salud, educación son extremadamente importantes como para ser administradas o gestionadas sin un equipo calificado que permita a los mandatarios tomar decisiones adecuadas y prudentes.
Esta idea no es nueva; ya se habló de lo mismo hace más de 500 años atrás, cuando Maquiavelo ya advertía que una de las decisiones más importantes de una autoridad es la elección de sus Consejeros; ya que el criterio o juicio que el pueblo se forma del gobernante, suele comenzar precisamente por las personas que lo rodean. Si éstos muestran capacidad, lealtad, criterio, quien ejerce el poder público será considerada como prudente y virtuosa; porque ha elegido bien.
En sentido contrario, cuando el entorno inmediato se caracteriza por las 3 “i”: improvisación, imprudencia e incapacidad para orientar adecuadamente a quien toma las decisiones, la responsabilidad política termina recayendo inevitablemente sobre el líder que los designó o decidió mantenerlos en funciones.
Por otra parte, Maquiavelo reconocía que existían tres tipos de inteligencias en los que gobiernan: aquellos que comprenden y entienden las cosas por sí mismos; aquellos que comprenden lo que otros piensan y aquellos que ni piensan por sí mismos, ni comprenden lo que piensan los demás. A los primeros los califica de excelentísimos, los segundos excelentes y a los terceros considera inútiles para la conducción del Estado.
A su vez, si bien es evidente que un gobernante no posee todas las respuestas por sí mismo a los distintos problemas que se la van presentando, la clave será su habilidad para escuchar, evaluar y rodearse de colaboradores que tengan la capacidad de aportar con criterio, información fidedigna y finalmente, orientación estratégica.
Por eso es que la estabilidad del poder político, jamás dependerá únicamente del liderazgo personal de una autoridad, sino también en la calidad del equipo que lo acompaña. La historia política de nuestro país, nos muestra que muchos gobiernos no tropiezan por sus adversarios externos, sino más bien, por las fisuras y fracturas que aparecen en su propio entorno, porque, al fin y al cabo, la fortaleza del líder, se va a medir, en gran parte, por la calidad y capacidad de personas que tiene al lado.
