Los Padres Fundadores de EEUU en películas y series: comedia, épica y libertad
Los Padres Fundadores de EEUU en películas y series: comedia, épica y libertad
La fundación de EEUU fue un momento de ideales y cinismo. Las mejores películas y series son las que abrazan esa tensión de la realpolitik.
Hay películas que te hacen sentir que la historia es algo vivo, sudoroso y ridículamente humano. Y luego están las que convierten a los Padres Fundadores en estatuas de mármol intocables. La fundación de Estados Unidos, un experimento loco de 1776 donde un grupo de abogados, impresores, plantadores y soñadores decidieron que ya bastaba de rey Jorge III, es material perfecto para el cine y la televisión precisamente porque fue un caos de ideales altos y compromisos bajos, de retórica grandiosa y discusiones mezquinas en habitaciones calurosas de Filadelfia. No fue un parto limpio de la libertad, sino que fue un parto con fórceps, gritos y un par de traiciones. Y el cine lo ha capturado en su imperfección, sus paradojas y, a veces, con canciones. La revolución será cantada o no será.
Empecemos por la que más me divierte defender. 1776 (1972), de Peter H. Hunt, está basada en un exitoso musical de Broadway de Sherman Edwards y Peter Stone. Es una opereta folclórica descarada que convierte el Segundo Congreso Continental en un vodevil político. John Adams (William Daniels, repitiendo su rol teatral) es un yanqui gruñón e implacable que empuja sin descanso por la independencia. Benjamin Franklin (Howard da Silva) reparte sabiduría, chistes y dobles sentidos con la misma soltura con que firmaría tratados. Thomas Jefferson (Ken Howard) es el romántico que se encierra a escribir la Declaración mientras sueña con su esposa. La película dura unas dos horas y veinte minutos de debates, votaciones, cartas y números musicales que van desde la exasperación ("Sit Down, John") hasta la picardía sureña ("The Lees of Old Virginia").
Nominada al Oscar a Mejor Fotografía (por Harry Stradling Jr.), nominada al Globo de Oro a Mejor Película Musical o Comedia, y reconocida entre las mejores diez del año por la National Board of Review, no arrasó en taquilla ni se convirtió en clásico intocable o película de culto, pero ha sobrevivido en el cariño popular. Nell Minow, de Common Sense Media, resumió su impacto: "Todos los estadounidenses deberían verla una vez al año". Y tiene razón. Es el tipo de película que certifica que la independencia no fue solo un documento embalsamado, sino que fue gente peleando, negociando y cantando para que existiera.
Tuvo furibundas críticas. La sempiterna bocazas estreñida de Pauline Kael, en la rimbombante y pedante The New Yorker, la sentenció a la muerte cinematográfica en una de sus diatribas características preguntándose qué puede ser más espeluznante que una opereta folclórica de Broadway con los padres fundadores, dobles sentidos y tragedias nacionales, y se respondía a sí misma: "La versión cinematográfica". Roger Ebert, petulante y superficial como es habitual, por su lado, apenas podía soportar recordar las canciones: "Es una lástima que esta película no aprovechara su derecho a la búsqueda de la felicidad".
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