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La mala memoria: el caso de Gaietà Ripoll

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30.07.2026

Gaietà Ripoll. / Levante-EMV

Fue hace doscientos años, un 31 de julio de 1826, el maestro Gaietà Ripoll era ahorcado en la plaza del Mercado de València por orden de la Junta de la Fe, órgano continuador del Tribunal del Santo Oficio. Tenemos el dudoso honor de ser la ciudad donde la Inquisición ajustició a la última víctima en el mundo. Pero también ostentamos el triste récord, no ya de haber olvidado, sino que tan siquiera la mayoría de patriotas valencianos sabe quién fue Gaietà, cuyo proceso, constituye uno de los episodios más nefastos de represión ideológica y religiosa en nuestra historia contemporánea.

Por supuesto que antes de Gaietà Ripoll hubo muchísimas más víctimas, y algunas siguen presentes en la memoria.

Miguel Servet, médico y teólogo aragonés, descubridor de la circulación pulmonar sanguínea, quemado vivo en Ginebra a causa de sus “errores” teológicos. Tiene dedicadas calles, plazas, hospitales, estatuas en numerosos países (Suiza, España, México, Francia, Estados Unidos, …) y hasta un asteroide lleva su nombre.

Giordano Bruno, astrónomo, matemático, filósofo y poeta. Por sus opiniones científicas y sus dudas respecto a algunos dogmas de católicos, la Inquisición le condenó a morir quemado, previo amarre de su lengua a una estaca, para que no pudiera hablar durante su ejecución. En 1889 se erigió la actual estatua en la plaza del Campo dei Fiori en Roma. El cardenal que dirigió el proceso inquisitorial (Roberto Belarmino), fue canonizado en 1930.

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