Mejor no preguntar
Imagen de archivo. / RAFA APARICIO
K la mira como quien admira una obra de arte. Desliza sus dedos por encima del logo, de las letras, del hilo blanco que insinúa posición social, el respeto de sus amigos, la envidia de desconocidos. Hereda una camiseta, una simple camiseta pero de la marca que siempre ha anhelado.
“¿Es para mí?” “Sí, para ti, a tu tío le viene pequeña”. K ve en aquellas palabras el símbolo más bonito de la solidaridad mundial. Lejos está su capacidad madurativa para evaluar el trasfondo de la ética de la ropa, su creación con condiciones esclavizantes y los límites de la avaricia capitalista. Lo que tiene claro desde el primer segundo es que no va ni a osar preguntar si la camiseta es auténtica. Nada hace indicar que no lo sea, a pesar de que sus tíos frecuentan mercadillos playeros y tampoco ostentan una economía boyante como para gastar cientos de euros en ropa. Nada hace presagiar la estafa de la prenda porque la realidad cada vez es más falaz.
Se unen ambas realidades en el punto común del embelesamiento social a la búsqueda de la aspiración. Mentir-maquillar para ser percibido como lo que no se es. La búsqueda de la eterna novedad, también en la ropa, también en la moda, vulgariza las prendas. Democratizar, en este caso, va asociado a empobrecimiento porque la generalización pasa por la falsificación tras la decadencia. Cierto tufo a Gilles Lipovetsky, que siempre defendió que la apariencia y el deseo de pertenecer a un determinado grupo o estilo superan la autenticidad y la calidad.
K toca el tejido y no es peor que el que llevan las camisetas oficiales que se venden a más de 100 euros. Antes, quizá, hubiese podido diferenciar buena de mala, auténtica de falsificación, pero desde hace unos años las copias son bastantes fidedignas, bastantes verídicas, mientras las oficiales han apostado por tejidos de dudosa calidad, obsolescentes, para ampliar el margen de beneficios.
En el vacío del desconocimiento, su camiseta cuesta un riñón, lo que la dota de poderes sobrenaturales. En el universo de lo ficticio, su elástica es de lo más real. Lo que crea realidad hay que considerarlo realidad.
Alejado del hecho fundacional cualquier símbolo adquiere trascendencia. Que se lo pregunten a las naciones, piensa K. O al periodismo.
