La querella, un género dramático en ascenso
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En Tala de Thomas Bernhard, un hombre sentado en un “sillón de orejas” narra los acontecimientos de una cena concurrida por el medio artístico vienés de mediados de los ochenta. El evento, organizado por dos aristócratas superficiales, busca homenajear a un actor de moda que acaba de tener una representación en el mejor teatro de la ciudad. Sin embargo, en el trasfondo, sigue presente la reciente conmoción provocada por el suicidio de una actriz y bailarina, amiga de todos los presentes. La situación es un pretexto para que las conocidas apreciaciones del autor-narrador, con su impronta tan lúcida como brutal, se abran a una reflexión sobre el intenso combate privado y social que implica intentar subsistir si se pretende ser artista.
Para Bernhard, el suicidio de su querida amiga no es más que la comprobación directa de la aniquilación que puede llevar a cabo sobre los “seres sensibles y honestos” el aspirar a mantenerse en vilo dentro de un sistema que somete a sus individuos a una crisis permanente, dado el precario equilibrio que propone la fórmula de aspiración al “éxito” y la permanencia bajo las luces, a menudo contra el mero hecho de cubrir necesidades básicas. Como lo indica el título, el autor austriaco lanza hachazos a modo de denuncia de costumbres reconocidas en todo ámbito cultural, y no exime lacerar su propia vanidad y apego al formar parte de esa cloaca perfumada de egos y talentos variopintos que finalmente no es más que un grupo de personas luchando por sobrevivir y, acaso, darle un sentido a sus vidas.
Como espectadores de la escena contemporánea mexicana no es extraño situarnos en una querella similar a la que atravesamos en las páginas de Bernhard, ya que los artistas escénicos han comenzado a dejar de lado los conflictos de los dioses, los personajes clásicos y los problemas sociales para exponer sus propios asuntos en clave de espectáculo. Esta tendencia........
