La voluntad del yo
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¿Será posible –hubo o hay o habrá– un nombre mejor y más acertado para un escritor que el de Will Self? ¿O un mejor y más acertado escritor que se merezca la definición de un apelativo que, traducido, podría leerse y celebrarse como La Voluntad del Propio Yo o algo así?
En cualquier caso, lo que en verdad importa es la puesta en práctica de la teoría de ese nombre (William Woodward Self en su londinense partida de nacimiento de 1961): la obra por escrito y no la firma en su vida. Aunque, también es verdad, buena parte de la obra de Self esté marcada por lo que hizo y deshizo fuera de sus libros y que, en sus inicios, le resultó en una buena estrategia de automarketing. A saber: la del narrador pirotécnico de personalidad volátil y, en ocasiones, explosiva. Por un lado, sus primeros relatos y novelas que lo consagraron muy tempranamente –entre elogios de Salman Rushdie y Doris Lessing y A. S. Byatt y Harold Bloom– como un digno heredero y excelente mezcla de la paranoia alien-viral-drogadicta de William S. Burroughs, la perversión psicocromada de J. G. Ballard y las piruetas socio-satírico-verbales de Martin Amis (los dos últimos no dudando en bendecirlo con generosos blurbs para sus primeros libros y luego él entrevistándolos largamente en varias piezas de antología recopiladas en su Junk mail de 1996 y, sí, Self podría ser un gran personaje de Burroughs o de Ballard o de Amis). Añadirle a la mezcla una potencia visual a su prosa digna del exhibicionismo plástico-pop de Damien Hirst y esa corona –que acaba siendo, con el correr del tiempo y de los libros– de espinas que es el haber figurado, en 1993, en la lista de 20 Best young British novelists de la revista Granta.
Y, sí, a Vladimir Nabokov solían reprocharle el que lo que hacía obligaba a visitar seguido el diccionario; y él respondía que, bueno, esa era una de las tantas virtudes de lo suyo porque para él no había nada más placentero que lanzarse en expediciones arriesgadas a ese voluminoso ejemplar del Webster’s new international, siempre abierto y en un atril, junto a su escritorio, como si fuese un ícono religioso.
Tras su estela, Self también es alguien que no se conforma con la palabra más obvia, que no se limita a narrar, sino que lo que le interesa es escribir. Y que ha conseguido –a lo muy largo y muy ancho de catorce novelas, seis colecciones de cuentos, ocho libros de ensayos y recopilaciones de artículos periodísticos y cartoons, y una memoir de su juventud yonqui con entradas y salidas de psiquiátricos y graduación en Oxford– aquello que cada vez menos sus compañeros de profesión (pero nunca colegas) suelen encontrar porque ni siquiera se preocupan en buscarlo. Eso que, a esta altura del estado de las cosas literarias, solía ser algo ambicionado, pero que, de un tiempo a esta parte, es considerado por muchos de quienes deciden lo que vale (en el sentido más triste y vulgar del término) dentro del negocio editorial........
