El nuevo Fidel o el comandante polímata
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Con antelación bien medida, el gobierno cubano había programado 2026 como año del centenario de Fidel Castro. La movilización para conmemorar la efeméride desde el aparato ideológico del Partido Comunista, los ministerios de Relaciones, Educación y Cultura, medios de comunicación, el campo intelectual oficial e, incluso, algunos espacios académicos, fue evidente en los últimos meses de 2025.
Lo sucedido en lo que va del año –derrocamiento de Nicolás Maduro, control energético de Venezuela y Cuba por Estados Unidos, desarticulación del bloque bolivariano, colapso social y económico, relanzamiento de reformas y negociación de la cúpula cubana con el gobierno de Donald Trump– sería un verdadero contratiempo para dicha celebración, si los discursos oficiales de La Habana fueran congruentes con sus principales políticas públicas.
Desde la convalecencia de Fidel Castro en 2006 y la sucesión de poderes encabezada por su hermano Raúl, el culto a la personalidad del líder histórico de la Revolución entró en una nueva fase. Mientras se mantuvo en el poder, el propio líder fue el principal operador de ese culto: él era quien, a través de intervenciones públicas diarias, reproducidas en la totalidad de medios nacionales y gran parte de los internacionales, por casi medio siglo, modulaba énfasis y mutaciones.
La personificación del fenómeno revolucionario se debió, primero, a un eficaz control del poder después de enero de 1959 y, luego, a una sistemática promoción de la figura del líder máximo. No solo la prensa, también la radio, la televisión, el cine, la fotografía, las artes visuales, la música, la literatura y hasta la danza hicieron su contribución a aquella iconografía. Los noticiarios del ICAIC, las fotos de Alberto Korda, Liborio Noval o Roberto Chile, las canciones de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés u Osvaldo Rodríguez colocaron la imagen de Fidel en el centro de la publicidad ideológica de la Revolución.
Carlo Ginzburg sostenía que un mito protector es el núcleo de todo sistema de propaganda desde la Edad Media. La Cuba revolucionaria ofreció al mundo, pero especialmente a América Latina y el Caribe, el mito de un líder que desafiaba el apetito imperial de Estados Unidos y, a la vez, ejercía con destreza las funciones de un estadista moderno. No bastaba con que Cuba defendiese su soberanía frente al imperio vecino: era fundamental que su líder ofreciera un modelo de desarrollo exitoso, que afirmase el liderazgo de Cuba en el Tercer Mundo.
Es ahí donde la ingeniería del culto a la personalidad esbozó el perfil de un polímata revolucionario. Para encabezar la Revolución con éxito, Fidel no podía ser únicamente el macho caribeño, que Abel Sierra Madero retrata en El comandante playboy (2019). También era preciso que se proyectara como un experto en industria azucarera, en producción extensiva del café, en genética ganadera –que incrementaría, a la vez, el rendimiento de leche y........
