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Carta desde Bogotá: Un duraznero de León de Greiff

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10.07.2026

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El próximo 11 de julio se cumplirán cincuenta años de la muerte de León de Greiff (1895-1976). Como suele ocurrir con las efemérides literarias, durante unas semanas lo encontraremos por todas partes. La maquinaria conmemorativa, de hecho, ya está en marcha: la Universidad Nacional arrancó los festejos poniendo en libre descarga los diez tomos de su obra completa y editando, en un volumen aparte, sus Sonetos 1914-1972. La Orquesta Sinfónica continuará los fastos con una serie de conciertos en los que se tocarán varias de las piezas de música culta que De Greiff popularizó a través de sus programas radiales y, last but not least, pronto aparecerá una fotobiografía preparada por Jerónimo Pizarro, Héctor Abad Faciolince y Luis Fernando Macías, que permitirá comprobar por qué a De Greiff podría llamársele –con algo de irreverencia– la Marilyn Monroe de los feos: existen fotografías magníficas de casi todas las etapas de su vida, desde que era un niño de dos años en su Medellín natal hasta un par de semanas antes de su muerte. Habrá también conferencias, lecturas públicas, artículos conmemorativos y todo el repertorio de ceremonias que suele acompañar a los escritores cuando el calendario ofrece un pretexto aritmético.

Todo eso está muy bien. Lo menos bienvenido llegará cuando empiecen a repetirse, una vez más, los lugares comunes que acompañan a De Greiff desde hace medio siglo. Se recordará que era, dentro de la tradición colombiana, la encarnación física de lo que se supone que debe ser un poeta: la barba desaliñada, la cachimba entre los labios, el gesto entre altivo y ensimismado, la bohemia cultivada como una segunda vocación. Y volverá a decirse que su poesía era oscura, hermética y, en muchos casos, impenetrable.

La paradoja es que De Greiff ocupa un lugar muy singular dentro de la literatura colombiana. Por una parte, es quizá el último poeta verdaderamente nacional, si por ello entendemos un autor cuyos versos siguen siendo recitados de memoria por personas que nunca han frecuentado las aulas de literatura. Por la otra, arrastra desde hace décadas la reputación de ser un escritor inaccesible. Ambas afirmaciones parecen excluirse mutuamente. ¿Cómo puede un poeta tan citado ser, al mismo tiempo, un poeta tan poco leído?

Mi impresión es que el problema está mal planteado. No creo que De Greiff sea un poeta hermético en el sentido estricto del término. Más bien escribía desde una tradición........

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