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Los futuros del libro

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31.12.2025

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Se han escrito muchos libros sobre el futuro del libro, pero la verdad es que seguimos sin saber mucho al respecto. Hasta el momento, este bucle paradójico solo ha servido para concluir que el libro tiene un pasado glorioso y un presente desconcertante, mientras que del futuro no tenemos noticias claras, por la sencilla razón de que no podemos tenerlas. Naturalmente, son las asechanzas de las nuevas tecnologías de la comunicación, sumadas a la recurrente sensación de que cualquier tiempo pasado fue mejor, las que abonan la idea de que el libro ha entrado en una fase crepuscular que solo puede culminar con su marginación primero y su desaparición después. Pero, a diferencia de otros artefactos, el libro parece defenderse bastante bien, demostrando hasta ahora mayor resistencia que la que ejercen –pongamos– las cabinas de teléfono ante su imparable obsolescencia. Y por algo será; o eso, al menos, nos gusta pensar.

¿Sobrevivirá el libro, experimentará una resurrección digital, o perderá toda la importancia que le queda? En torno a este asunto se ha ido generando una animada conversación global, que parece lejos de resolverse, pero tiene ya sus propios clichés y lugares comunes. Así, se invoca Fahrenheit 451, la fábula de Ray Bradbury sobre una sociedad venidera donde los libros se queman, para advertir de los riesgos de la desertización cultural, aunque no está claro si quienes la citan han leído la novela o visto la película; se cantan los rasgos intrínsecos del libro como objeto, desde el olor de la tinta al amarilleamiento de las páginas, para denunciar la impersonalidad de los e-books; se emplea la metáfora borgiana del universo convertido en una biblioteca para describir el funcionamiento de internet y proclamar confianza en las nuevas tecnologías; etcétera. El problema es que se trata de un debate con muchas dimensiones y no pocas trampas, donde se mezclan alegremente razones, emociones e intuiciones. Asimismo, abundan los argumentos categóricos y las falsas verdades, propios de quienes quieren vender libros anunciando la muerte del libro. Reina, en definitiva, la confusión.

Si hay alguna razón para hablar de la crisis del libro, es la aparición de nuevos artefactos capaces de rivalizar con él cumpliendo sus mismas funciones de manera más eficaz. O sea, nuevos continentes de texto que tienen igual o mayor capacidad de almacenaje, movilidad y facilidad de empleo que los libros de papel. El paulatino desarrollo de las tabletas y los libros electrónicos, que pronto resolverán aquellas lagunas técnicas que puedan ahora ofrecer motivos de queja, constituye esa amenazadora novedad; amenazadora, claro, desde el punto de vista del libro tradicional. Desde luego, si algo nos enseña la historia, es que los cambios revolucionarios han venido auspiciados por novedades tecnológicas. Esto no supone afirmar que la solución a los conflictos sociales sea tecnológica, sino algo diferente: que las grandes transformaciones tienen que ver con ella. Y en especial, aquellas que se refieren a un atributo social decisivo, a saber, la forma y velocidad con la que nos comunicamos y comunicamos ideas; en otras palabras, los medios a través de los cuales tiene lugar la interacción entre individuos. Desde ese punto de vista, aunque las nuevas tecnologías de la información no puedan rivalizar con la rueda o la máquina de vapor, ni probablemente con la influencia ejercida por la fotografía o la televisión, constituyen un cambio cualitativo en unos medios de interacción y archivo que inciden poderosamente sobre la producción cultural y simbólica, facilitando, además, la aparición de una esfera global de comunicación.

Sin embargo, parece pronto para extraer conclusiones definitivas sobre el impacto concreto que estas nuevas tecnologías de la información pueden tener sobre el libro de siempre. Para Robert Darnton, vivimos una época de transición, en la que los modos impresos y digitales de comunicación coexisten y no pocas novedades tecnológicas devienen obsoletas con rapidez. De ahí que la industria editorial no sepa a qué atenerse, ni qué dirección tomar. El autor británico Neil Gaiman declaraba recientemente a The Guardian que el panorama industrial es como el legendario Klondike de la fiebre del oro: “Nadie sabe lo que está pasando. Todo lo que saben es que hay oro en las colinas y quieren llegar a él.” Proliferan así las etiquetas que tratan de describir un futuro prometedor y que, admitámoslo, suenan mejor en inglés: open feedback publishing, fan fiction, social mobile geo tagging, digital first. Avanzamos así hacia un lugar desconocido. Katharina Teusch lo expresaba bien en las páginas del Frankfurter Allgemeine Zeitung: “El libro del mañana es el no-libro de hoy.” Sucede que hay otra posibilidad: la de que no avancemos hacia ninguna parte. Al hilo de la desaparición de la Brockhaus, enciclopedia alemana análoga a la Británica o la Larousse, decía Christopher Caldwell en su columna del Financial Times que nada garantiza la continuidad digital de los cadáveres materiales: “Todo lo que muere en la esfera tradicional habría de florecer renovado en otra. Pero eso es una superstición.” Y, si lo es, el libro tradicional bien podría desaparecer.

Para que eso suceda, es preciso también que languidezcan los lectores. Que ya lo hacen, o van camino de hacerlo en cuanto se complete el correspondiente cambio generacional, es la tesis de los tecnopesimistas que ven en el empleo de las nuevas tecnologías el riesgo de un deterioro cognitivo que terminaría por llevarse al libro por delante. En este sentido, la hiperconectividad individual a través de internet, reforzada hasta el delirio por los smartphones, modificaría nuestros hábitos de vida y, con ello, de lectura, privándonos de la concentración y continuidad necesarias para la lectura de los libros y discutiendo a estos la pregnancia residual que, tras la generalización de la radio y la televisión, poseían como formas de entretenimiento. Al menos, eso es lo que afirman autores como Nicholas Carr o Andrew Keen, que llevan un tiempo subrayando que no solamente se lee menos, sino que se lee peor, o sea, más superficialmente. Esta tesis está contenida ya en el título del último libro de Carr –Los superficiales– y formula una intuición acaso compartida: que la forma de leer en los dispositivos digitales, caracterizada por el vistazo rápido, la activación de hipervínculos y la multitarea, está socavando la atención profunda y continuada que ha definido durante siglos la cultura del libro. Y, si esta se encuentra en peligro, también lo estaría potencialmente la civilización que ha florecido en torno suyo. Entre nosotros, Ignacio Domingo Baguer invoca en su reciente Para qué han servido los libros “la importancia que la lectura y el libro han tenido en el desarrollo del concepto occidental de individualidad y racionalidad y de una cierta idea de lo que constituye nuestra condición de seres humanos que está en la base de la cultura occidental, y que también podría ponerse en peligro por la pérdida de la cultura del libro”. Pero ¿es esto un riesgo cierto o solo una hipérbole producida por amantes de los libros y representantes de su cultura? ¿Estamos ante el enésimo ejemplo del conservadurismo automático que generan el paso del tiempo y los cambios sociales que este trae consigo? ¿O es una alarma justificada porque los bárbaros, esta vez, sí han comparecido?

Antes de continuar, conviene preguntarse qué dicen los datos. Porque la facilidad con la que se afirma que se lee menos o se lee peor tiene que encontrar ratificación empírica; de lo contrario, habrá que cambiar los argumentos. No perdamos de vista que quienes apenas leen rara vez lamentarán que no se lea: este lamento proviene generalmente de quienes son consumados lectores y propenden por ello a la ilusión óptica acerca del descenso en el número de sus pares. Por desgracia, es difícil encontrar datos a la vez fiables y abarcadores sobre un asunto en el que, además, los encuestados mienten a menudo: un par de encuestas divulgadas en Gran Bretaña con motivo de un reciente Día del Libro revelaba que un 61% de los entrevistados decía haber leído un libro que no había abierto, como 1984 o Ulises, para ocultar la lectura de J. K. Rowling o John Grisham. De acuerdo con la misma encuesta, más de la mitad de los lectores quiere escribir un libro, e incluso un 11% ha terminado un manuscrito. ¡Ni un Sócrates sin su Platón! O no tanto: ellas querrían escribir novelas de misterio, ellos de ciencia-ficción o fantasía. Más allá de........

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