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El baile de los patriotas

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Amo al país pero no soporto la escena.Leonard Cohen

Muchos millones de estadounidenses conmemoraron los 250 años de la independencia de su país con una mezcla de gratitud y melancolía, ardor y angustia. En cuanto a los millones de estadounidenses que lo celebraron en un estado de felicidad pura, solo puedo recordarles que todos amamos este país que ustedes están arruinando. Entiendo que por mucho tiempo han sostenido que era yo, y quienes comparten mi opinión, los que lo estábamos arruinando; pero aun así, quisiera que admitan que el sueño liberal de América, el que prefiere la oportunidad a la autenticidad, la igualdad a la jerarquía, la decencia a la rapacidad, la gobernabilidad a la revolución, la equidad al privilegio, la reflexión al paroxismo, el trabajo a la grandiosidad, que este sueño es también un sueño patriótico. Desde luego que no voy a sentarme junto al teléfono a esperar a que me llamen con el consuelo de que tenemos muchas cosas en común. Somos patriotas en guerra los unos contra los otros, y no será la primera ni la última vez. Al menos deberíamos acordar que esta batalla épica entre nuestras visiones tendría que llevarse a cabo conforme a las reglas de enfrentamiento de Madison, pero al escribirlo parece incluso que estoy pidiendo demasiado.

A propósito de nuestro aniversario nacional, que en estas horas bajas de nuestra historia debió haber renovado en todos el sentido de la razón de ser de América, ofrezco una tipología pequeña e incompleta de patriotismos.

El patriotismo de la justicia

No existe tal patriotismo, porque no existe la sociedad justa. No hay ni nunca ha habido una sociedad justa; la historia no ofrece un solo ejemplo. Quien se enorgullezca de la perfección moral de su sociedad es un insensato o cobra en alguna nómina. Todos los países que alguna vez han exigido la lealtad de sus ciudadanos han sido entidades políticas injustas.

Por lo tanto, el patriotismo es, para utilizar una expresión, el último refugio de los relativistas. Ocurre en el reino de “mejor que” y “peor que”; la celebración es siempre comparativa. Y no debería ser controvertido afirmar que algunos países tienen más cosas de las cuales enorgullecerse que otros. Discúlpenme por entrar en el negocio non sancto de hacer distinciones, pero algunas sociedades son más justas que otras. (No todas las distinciones son producto de la envidia.) Me alivia que parte de mi devoción hacia mi país se debe a su carácter democrático, si bien no pretendo que su democracia sea ni remotamente perfecta; y ofrezco mi argumento de buena fe, pues he hecho mi mejor esfuerzo –honestamente, mi mejor esfuerzo– para mantener a raya la corrupción intelectual conocida como etnocentrismo. Las sociedades democráticas, aun con las tendencias antidemocráticas que siempre contienen, son realmente mejores que las sociedades no democráticas.

“Mejor” es desde luego una palabra polémica, pero la uso para referirme a criterios universales y examinados racionalmente para la conducta moral, aunque “universal” y “racional” sean también palabras polémicas. Para algunas almas infelices no hay salida de esta prisión semántica –¡entonces relájense con una kombucha y déjense provocar!–, pero todos aquellos que todavía creemos en la posibilidad de un pensamiento cada vez más objetivo debemos insistir en que tales juicios no son un ejercicio de “epistemología del punto de vista” en aras de obtener poder, por lo menos si se exponen y analizan sus supuestos.

El problema con el discurso “civilizacional” es que con demasiada frecuencia lo anima una falta de respeto hacia una de las civilizaciones de las que se está discutiendo; y hablando por mí mismo, y con una conciencia vívida de cómo le ha ido a mi propio pueblo a lo largo de los siglos en los debates sobre la presunta superioridad de culturas y religiones, no siento ningún deseo ferviente por coronar a los míos. Detesto ese ejercicio. Hay algo penoso en la necesidad de ser el Número Uno. Hay grandes civilizaciones que no son la mía; y las contribuciones históricas que el mundo ha recibido de Occidente, cuya tradición me honro en servir, incluyen no solo regímenes liberales y democráticos sino también los totalitarismos nazi y comunista, que masacraron juntos a más gente que ninguna otra causa en la historia.

Y sin embargo, si nuestra meta es el creciente bienestar de más y más gente en todo el mundo, sigue siendo correcto, correcto sin ironía, preferir los lugares más justos sobre los lugares menos justos, sean cuales sean los matices nacionales y regionales de lo que entendemos por justicia. En un mundo sin perfección no podemos hacer más que escoger con inteligencia entre imperfecciones, y afirmar sin extasiarnos patrimonios y lugares defectuosos pero mejores. El asunto es cómo seleccionar entre las imperfecciones, con qué criterios, y cómo evitar que la celebración de lo menos imperfecto –para los estadounidenses, el 4 de julio– excluya la vergüenza y la humildad.

El patriotismo de la razón y la irracionalidad

La premisa de este modo de pensar sobre el patriotismo es que el orgullo nacional debería tener una base en la realidad nacional –debe estar objetivamente justificado hasta cierto punto–. “Para llegar a querer a nuestro país”, observó Edmund Burke, “nuestro país ha de ser querible”. Lo que significa que el patriotismo debe poseer un grado de racionalidad. Pero a veces no se halla base alguna para la vanidad nacional, y a veces se descubre que se es miembro de una sociedad malvada (que no es lo mismo que una sociedad en la que todos sus miembros son malvados: semejante sociedad tampoco ha existido jamás). El ciudadano desilusionado e indignado tiene la opción de elegir: puede separarse, espiritual o físicamente, y encontrar un nuevo país que sea digno de su admiración, o recurrir a un tipo de patriotismo que no tenga nada que ver ni con la razón ni con la realidad –un tipo bien documentado–. He conocido ejemplos extraordinarios de lo primero: exiliados y emigrados provenientes de Estados tiránicos que vinieron a estas costas y hasta el día de su muerte despreciaron a su país de nacimiento y se llamaron a sí mismos, con sus acentos ridículamente marcados, estadounidenses. (La noción de Joseph Brodsky de la rima en inglés ilustra con gracia los encantos de un patriotismo adoptado.) Un disidente es un patriota en grave crisis. Mis amigos no solamente eligieron la deserción sino también la conversión. Exigieron una vida de justificada lealtad. No era un asunto de política, sino de integridad.

Pero tuve otros amigos provenientes de sociedades totalitarias a quienes, de vez en cuando, se les podía escuchar hablar con ternura sobre sus viejos países. No pretendo ser duro con ellos. En el exilio la nostalgia es inevitable y da consuelo. Yo fui criado en una larga tradición de nostalgia en el exilio. Y sin embargo, lo que escuché sonaba a veces como algo más –un patriotismo vestigial, un cálido remanente de una lealtad todavía viva–. La conclusión era obvia: la veneración de lo imperfecto........

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