Nombrar para no ceder
Nombre de usuario o dirección de correo
Contraseña
Recuérdame
El artículo “Power on paper”, publicado la semana pasada en The Economist, parte de una constatación evidente: México vive una concentración de poder político como no se había visto en décadas. Un solo partido domina el Congreso, controla la mayoría de los gobiernos estatales, ocupa el Ejecutivo federal con una legitimidad electoral incuestionable e hizo suyo el Poder Judicial. El diagnóstico es duro: ese poder, aun siendo amplio, no se ha traducido en mejores resultados ni en un Estado más eficaz. Seguridad, crecimiento económico y calidad institucional siguen mostrando signos de deterioro. El poder existe, pero funciona mal.
Hasta ahí, poco habría que objetar. El problema aparece en el lenguaje. En su caracterización, la revista califica a Morena como “el partido de izquierda más fuerte del mundo democrático”. La intención es clara: subrayar el tamaño de su dominio electoral dentro de un sistema que aún celebra elecciones competitivas. No hay un elogio pero el calificativo importa, porque el populismo –y esto conviene decirlo con claridad– no busca desaparecer la democracia. Su objetivo es vaciarla de contenido.
Esa es la clave que suele perderse. El populismo no cancela elecciones; las instrumentaliza. No suprime la palabra “democracia”; la ocupa. No rompe el régimen de golpe; lo erosiona desde dentro. Por eso el lenguaje es un terreno central de disputa. Llamar “democrático” a un partido y a un gobierno que avanzan debilitando los contrapesos no es un detalle menor: es parte del proceso mismo de erosión.
La politóloga Nadia Urbinati ha trabajado con precisión esta idea. En libros........
