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Visionarios, magnates y profetas en la era de la IA

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Hubo un tiempo en que, para saber cómo sería el futuro, la humanidad consultaba a los oráculos y a los profetas. Más tarde empezó a confiar en los científicos. Hoy prefiere escuchar a los directores ejecutivos de las empresas tecnológicas. Hemos sustituido el oráculo de Delfos por Silicon Valley. La diferencia es que la pitonisa hablaba entre vapores sulfurosos, envuelta en una túnica y sentada sobre un trípode de bronce, mientras que los nuevos profetas anuncian el porvenir en vaqueros y zapatillas deportivas, pasando diapositivas con un mando, ante un auditorio entregado de antemano, dispuesto a aplaudir a rabiar.

La inteligencia artificial no solo ha producido nuevos algoritmos. Ha producido una nueva clase de autoridad intelectual: el visionario tecnológico. Su misión ya no consiste únicamente en diseñar modelos de lenguaje o lanzar cohetes al espacio, sino en responder a las preguntas que durante siglos pertenecieron a los científicos, los teólogos o, en los días más inspirados, a los adivinos.

Lo verdaderamente intrigante no es que Bill Gates, Elon Musk, Tim Cook, Jeff Bezos, Sam Altman, Sundar Pichai o Ray Kurzweil hagan predicciones. Lo asombroso es que tanta gente los escuche como si hablaran ex cathedra. Haber fundado una empresa millonaria parece conferir una competencia inesperada para pronunciarse sobre la conciencia, la libertad, el sentido de la historia, el futuro del amor o el destino de la especie humana. El mercado ha inventado una nueva versión del viejo argumento de autoridad: quien ha creado una empresa exitosa debe de saber también cómo terminará la civilización.

De este modo, la tecnología ha devuelto inesperadamente a nuestra cultura una figura que creíamos haber dejado atrás: la del profeta. Participa en conferencias multitudinarias, publica manifiestos en internet, concede entrevistas en podcasts y expone sus revelaciones con presentaciones llenas de estadísticas y colorines. Sus visiones no comienzan con un “así habló el Ángel del Señor”, sino con un “los modelos indican” o un “los datos sugieren”. 

Entre todos estos ingenieros, empresarios y magnates se ha colado un personaje inesperado: un historiador (al menos eso dice su CV). Que yo sepa, Yuval Noah Harari nunca ha creado una startup, ni desarrolla modelos de lenguaje, ni presenta productos en auditorios rebosantes. Se dedica, en teoría, a estudiar el pasado. En la práctica, se ha convertido en uno de los más exitosos narradores del futuro.

Generalmente los historiadores dedicaron sus esfuerzos a indagar en el pasado, tratando de relatarlo, entenderlo o explicarlo. Harari, en cambio, ha introducido una innovación metodológica de enorme originalidad: utilizar el pasado como plataforma de lanzamiento hacia el siglo XXIII o XXIV. Comienza hablando del Paleolítico y, unas páginas después, ya está explicando cómo conviviremos con la superinteligencia artificial, cuándo dejaremos de ser humanos o por qué los algoritmos terminarán conociéndonos mejor que nosotros mismos. Probablemente sea el primer historiador que ha hecho su carrera profesional en el futuro.

Por tanto, quizá la mayor revolución de la inteligencia artificial no consista en haber creado máquinas capaces de conversar. Quizá consista en haber devuelto a nuestra cultura una figura que creíamos extinguida: el profeta. 

Del intelectual al visionario  

Durante buena parte del siglo XX, las grandes preguntas sobre el futuro pertenecían........

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