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Escenas de un viaje a Melilla (Un homenaje a Luis Buñuel)

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21.02.2026

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LOS GRUPOS DE PERSONAS TIENEN ALGO EXTRAÑO Y SORPRENDENTE, NO IMPORTA QUÉ CIRCUNSTANCIA LAS HAYA REUNIDO 

Todos los aeropuertos son igual de tristes e impersonales, y una vez superada la sensación de frialdad, producen algo consolador, como una cierta hermandad entre todos los transeúntes que se cruzan ahí: los que van en chanclas, los que llevan abrigo, los que viajan en primera, los que compran la prensa internacional, los que fumaban en las peceras, todos, de pronto, están igualados en la incomodidad de estar en un no lugar. No fue eso lo que unió, en cambio, al grupo de pasajeros que llegó desde Madrid al aeropuerto de la Ciudad Autónoma de Melilla aquel mediodía de finales de mayo. La temperatura no era excesiva, sobre todo gracias a la brisa marina. Todo parecía dispuesto para agradar a este grupo compuesto por un cineasta, un piloto, una escritora y un cantautor. Iban acompañados de sus parejas, menos el cineasta, que había elegido como acompañante a su director de arte, y el piloto, que se había sumado a la expedición casi al final y se había ofrecido a enseñarles la ciudad. Estaban todos invitados a unas jornadas sobre cine y literatura; se proyectaría la película más reciente del cineasta, el cantautor daría un concierto acústico, la escritora leería unos textos suyos. Luego habría debate, preguntas del público, etc. Tendrían que acudir a charlas, recitales y proyecciones de otros, tal vez participar en los debates posteriores y compartir mesa con el resto de participantes. 

El piloto se había pagado su billete, había conseguido ir en el mismo vuelo que sus amigos y los había hecho pasar a todos a la cabina del avión. Nadie se negaba a esa sonrisa y a esa mirada que puede parecer inocente pero que en realidad tienen solo los que nunca han tenido que enfrentarse a grandes obstáculos para obtener lo que quieren. Iban entrando de dos en dos, no cabían más. Los conductores de ese avión apenas se inmutaban. La escritora se había mareado un poco, un vértigo momentáneo, al entrar en la cabina. Era todo mucho más pequeño de lo que esperaba. El director de arte dijo que esperaba que la luz fuera más cegadora. 

-¿Quieres conducir? –le había preguntado el piloto a la novia del cantautor, y ella se había reído. 

Todo eso había sucedido unas horas antes, ahora estaban esperando sus maletas, menos el piloto, que se había ofrecido a llevar la guitarra del cantautor para que la guardaran bien y había vuelto liberado de cargas para esperar el despegue del avión. 

-La verdad es que me muero de hambre –dice el novio de la escritora. No era su novio en realidad, o no muy serio. Se habían acostado casi cinco veces, pero quedaban mucho y hacían planes juntos. Al principio, el sexo había sido extraño y torpe, pero voluntarioso, y enseguida se habían acostumbrado al cuerpo del otro. La invitación a Melilla era el intento de ella de impresionarlo. Era lo más cerca del glamour que había estado nunca. 

-Os voy a llevar a un sitio buenísimo –dijo el piloto, que era el único de la expedición que había estado antes en la ciudad–. Aquí nos van a cobrar un dineral por un bocadillo con un trozo de queso rancio, no merece la pena ni el café. 

Poco a poco fueron saliendo las maletas. El piloto reconoció la de la novia del cantautor y le ayudó a bajarla de la cinta. 

A VECES LOS RECEPCIONISTAS LEEN LIBROS DE JANE AUSTEN CUANDO NO TIENEN QUE ATENDER A LOS CLIENTES

Los dos taxis, dos Mercedes blancos de principios de los 2000, llegan a la calle del hotel uno seguido del otro. Es un poco confuso el momento de pagar: en uno de los taxis se pide factura, en el otro no; bastará con el recibo para que nos lo den, se dice la escritora. En el hotel hay cierto trajín, porque hay más invitados al congreso, hay más actividades, y el tipo de la organización saluda a los invitados, les indica dónde está la recepción del hotel, allí les darán la llave, por supuesto que pueden dejar las maletas ahí, la guitarra también, claro, sin problemas. Las cámaras mejor no, por lo que pueda pasar, ja ja. Es una broma, sin problemas. Es agotador: dice lo mismo a todos y cada uno de los que llegan, es simpático y acogedor, los acompaña hasta la recepción y vuelve a la puerta a seguir siendo majo con otros. Es verdad que ha habido una mirada un poco diferente, ha habido algo eléctrico, esa clase de cosa que se da cuando alguien se siente atraído por otro. El director de arte no se lo esperaba y ha tardado un par de segundos en responder a esa mirada con la misma intensidad. Luego ha aprovechado la oportunidad para dejar claro que no compartía habitación con el director de cine. 

-Cineastas, os toca –ha dicho el piloto–. No me mires así, haces cine, eres cineasta, lo vi en una película. 

-Sí, sí, bueno, es que........

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