Con el terremoto, toda Colombia está viviendo un duelo en segunda persona
Las imágenes del terremoto capturaron calles destruidas, edificios en ruinas y personas buscando a sus familiares. Pero hay una parte de lo que ocurre después que no aparece en las fotos: lo que pasa cuando el miedo permanece, cuando la casa deja de sentirse como un lugar seguro o cuando volver a la rutina no significa volver a sentirse bien.
¿Cómo se atraviesa ese momento sin convertir el duelo en otra tarea pendiente? ¿Cuánto tiempo toma procesar una pérdida que todavía está ocurriendo? ¿Y qué significa acompañar a alguien cuando no hay una fórmula para aliviar lo que acaba de pasar?
Sobre estas preguntas, La Silla Académica conversó con Carolina Meza, psicóloga y filósofa de la Universidad de los Andes, cofundadora de Harmonía y profesora de la Facultad de Ciencias Sociales de esa universidad; y con Diego Arbeláez, médico y terapeuta, quien ha acompañado procesos de atención psicosocial después de desastres como el terremoto de Armenia, así como en contextos de conflicto armado, desplazamiento y pandemia. Actualmente acompaña a personas afectadas por el terremoto en Venezuela y Colombia.
Arbeláez y sus colegas también desarrollaron Cuidar en medio de la crisis, una herramienta que da una guía para afrontar situaciones de crisis y cuenta con un formulario para solicitar apoyo psicológico a través del Centro de Atención Psicológica de la Universidad de los Andes.
La Silla Académica. Los edificios y los fallecidos son los daños más visibles del terremoto, ¿qué daños invisibles quedan?
Carolina Meza. El duelo no solo ocurre por la muerte de un ser querido. Abarca todas las cosas que pasan cuando hay un cambio inesperado que irrumpe de forma negativa en nuestra vida. En el caso del terremoto, aparecen muchos que son casi invisibles: por la ciudad que ya no es, por la calle por donde ya no puedo caminar, o por el lugar al que me gustaba ir y que dejó de existir.
Otro muy importante es por la seguridad perdida: en nuestra casa o en la certeza de nuestra vida, que se pierde también con un evento de este tipo. En este caso, al duelo se le suma el trauma que causa el terremoto y que deja esa sensación de seguridad perdida. Eso también necesita recuperarse.
El terremoto nos muestra que la vida es temporal y que en cualquier momento podemos morir o puede morir alguna persona que amamos. Pero en este momento en el que queremos hacer infografías de cuántas cosas se han perdido, es difícil nombrar y cuantificar estas otras cosas que se perdieron y que son muy importantes para las personas.
Diego Arbeláez. Hay algo muy importante y es que aún estamos en una fase de impacto. Todavía no logramos poner el foco en qué nos pasa o sentimos porque estamos entre esa fase y la que sigue, que es la fase de inventario: con qué quedé, con qué no, con quiénes estoy, qué apoyos tengo, cuál es mi futuro inmediato, cuál es la perspectiva que tengo para vivir en estas condiciones.
Todo eso hace que el dolor sea mucho más complejo. El duelo aquí se siente como una fractura interna, como una montaña rusa dentro de una espiral en movimiento que se amplía, que se alarga, que se acorta, en donde a veces no se entiende qué es lo que está pasando.
LSA. ¿Qué le dicen las personas en el acompañamiento que ha hecho, no solo en Colombia, sino también en Venezuela?
DA. Muchas personas dicen: “No creo que me esté pasando a mí esto”, que es un mecanismo de defensa.
Una mujer de 40 años en Venezuela decía: “Hace 20 días pasó esto y yo no he podido llorar, y no he podido llorar porque perdí el apartamento, pero no me pasó nada. Estoy viviendo con mi hermano, pero soy la responsable del equilibrio emocional de mi familia”. Y en esa sesión ella pudo llorar, expresar, sentirse, darse el permiso de decir: “Aquí soy yo, aquí no tengo que ser otra”. He notado que las mujeres buscan más el apoyo, los hombres están mucho más contenidos y eso genera definitivamente una presión mucho mayor.
Generalmente esperamos que el duelo se supere, pero el duelo no se supera. Se integra, y se integra viviéndolo. Es una experiencia humana esperable cuando uno tiene vínculos y pérdidas importantes. Por eso aparece esta mezcla de emociones y de reacciones. De la persona que consuela se suele esperar la palabra correcta y no el corazón disponible, que es lo que más se necesita, entonces unas le dicen a otras “es que no pasó nada, tienes que ser fuerte”, pero sí pasó mucho y hay otras formas de acompañar.
En estos eventos se afectan tres sistemas importantes. El nervioso, que queda totalmente desregulado, la persona está en hiperalerta. El sistema nervioso es como una central de detección de riesgos y queda en modo: “¿Qué amenaza puede venir en este momento?”. Eso hace que la persona no pueda prestarle atención a otras cosas que no sean su propia seguridad, su propio equilibrio nervioso.
Y los sistemas endocrino e inmunológico. El endocrino, por la liberación y las descargas importantes de esteroides, de cortisol, de adrenalina que llevan a que haya muchos dolores y tensiones en el cuerpo. Me contaba un colega en Pereira que muchas personas están teniendo dolores en las piernas sin aparente causa, toda la acumulación de sustancias como el ácido láctico, por ejemplo, hace que eso pase. También se bajan las defensas.
LSA. ¿Cómo se hace el acompañamiento?
DA. Las personas son distintas y hay algo que tenemos como mantra: cada persona debe ser vista, escuchada, contenida y acogida por ser quien es y no por quien esperamos que sea para que pueda encajar —“deberías estar, deberías ser, deberías moverte, ya pasar la página”—. Se debe permitir que pueda ser ella misma en este momento. ¿Quién está siendo ella misma en este momento? Es el dolor que la habita, es la incertidumbre, es el no poder reconocer lo que pasa.
No debemos proponer una receta estándar, sino, sobre todo, acoger a la persona y, a lo sumo, hacer las preguntas que le permitan saber que está en un lugar seguro, porque la persona ha perdido confianza en sí misma.
También es importante entender que el duelo no es una enfermedad que hay que curar; es una experiencia de vida que es necesario acompañar. La mayoría de personas salen solas si tienen una red de apoyo familiar y social que les permita contenerse y sentirse acogidas. Cuando no existe eso, o cuando la red le exige a la persona estar fuerte, no expresar lo que le está pasando, sino mostrar la mejor versión, es donde llegan los problemas.
Estamos en una época en la que hasta el sufrimiento tiene que ser productivo: “Es que si estás triste es porque tienes que aprender algo”. No, no es hora de hacer tareas, es hora de sentarnos a acompañarnos de otras maneras. El acompañamiento aquí implica un ser humano sensible, disponible, que pueda generar confianza y que ayude a corregir y regular con su presencia empática y........
