Veinte años después, confiamos menos, por Ricardo Cuenca
Mis grupos de WhatsApp —y estoy seguro de que también los de ustedes— llevan días convertidos en un campo de batalla. Familiares, amigos, conocidos se intercambian pruebas, videos, capturas de pantalla, testimonios que demuestran, según quien los envía, que el fraude ocurrió o que jamás existió. Nadie convence a nadie. Nadie cambia de posición. Y, sin embargo, nadie para.
Esa escena trivial y cotidiana esconde una pregunta que las ciencias sociales llevan décadas intentando responder: ¿por qué personas razonables se aferran a convicciones sin evidencia? En el Perú de 2026, esa pregunta no es académica. Es urgente. A menos de semanas de las elecciones generales, algunos actores políticos —particularmente desde la derecha más radical— comenzaron a instalar la narrativa del fraude antes de que se cuente un solo voto. No es un accidente. Es una estrategia que encuentra terreno fértil en algo más profundo que la política: la desconfianza.
Y los datos son elocuentes.
Según el Barómetro de las Américas 2025/26, aplicado por el Instituto de Estudios Peruanos (IEP) entre octubre y diciembre de 2025, solo el 41% de peruanos y peruanas considera que la gente de su comunidad es confiable. La serie histórica de LAPOP revela una tendencia que debería inquietar: la confianza interpersonal llegó a su punto más alto en 2014, cuando alcanzó el 55%, para luego caer de manera sostenida durante una década. En 2025/26 estamos, paradójicamente, por debajo del punto de partida registrado en 2006. 20 años después, confiamos menos en los demás que antes. América Latina, en promedio, llega al 58%. La brecha no es menor: en materia de confianza interpersonal, el Perú está entre los países........
