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Bar y cultura, taberna y tabernario

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20.09.2026

Por estas páginas pasaron las cuitas de la hostelería, con las tribulaciones de San Ignacio de Loyola, dudando si hacer mudanza en tiempos de crisis. Los bares son divanes de lanceros con casaca o monarcas de otras tierras —que diría Ana Belén—, prolongaciones de despachos de tiburones desdentados, confesionarios sin sacerdotes ni penitencia, tentaderos para el coqueteo sin burladero, senado que no legisla, gobierno en la sombra, vestuario en el que se deciden alineaciones, tribunal que juzga vidas ajenas, sanedrín de los profetas del nuevo orden mundial. Aparca todo dios, es el ágora con paredes donde rebota el eco de la elocuencia. En O Volter, célebre bar refugio de la camarilla cultural del Ourense de las exequias de más de medio siglo, su dueño, Tucho (Antonio Fontenla), convocaba a personajes de diferente ralea, que rompían las costuras de los convencionalismos de la época. Carlos Casares, Méndez Ferrín, Vidal Souto, Quessada, Acisclo, Trabazos, Moreiras, Alexandro... Los artistiñas. Han hecho más por lo que entendemos por cultura algunos antros que ciertos chiringuitos políticos con pretensiones de comprar un solar en la eternidad. Lo de menos era lo que se tomaba (allí se trasegaba un licor café mitad bromuro, mitad elixir vigorizante). Un café, una infusión, una cerveza o un vino estaban también en las mesas de las tertulias del Ateneo, el Orfeón, el Liceo, sociedades ya con plaza en el panteón de la ilustre desidia ourensana, salvo la entidad que habita en el Pazo de Oca Valladares, que lucha a brazo partido por no interpretar el concierto del Titanic. La hostelería es un negocio al que le quedan bien estos abalorios, que lucen como medallas en la guerrera de un general ruso, pero no comen de la retórica. En una ciudad con la vida en los........

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