Begoña, esa gran desconocida
“Begoña Gómez, esa gran desconocida”. Qué frase tan sobria, tan humilde, tan perfectamente diseñada para deslizarse entre titulares como si fuera una obviedad de sobremesa. Uno casi imagina a Pedro Sánchez pronunciándola con gesto compungido, como quien descubre, de pronto, que ha compartido años de vida con una especie de vecina discreta cuya existencia apenas había notado. Compartir agenda, hogar, hijos, círculo social… detalles menores frente al gran misterio de la identidad profunda. La política, ya se sabe, exige tanta concentración que a veces impide reparar en esas nimiedades domésticas. La frase tendría además un aire pedagógico: nos enseñaría que la cercanía no implica conocimiento, que unos cuantos años, incluso décadas de matrimonio no son nada frente al insondable enigma de una persona. Y si la hipotética condena llegara, la expresión adquiriría tintes casi filosóficos. “Gran desconocida” no como evasiva, sino como categoría existencial. Una invitación a reflexionar sobre cuánto ignoramos incluso de quienes tenemos al lado. Un giro elegante, casi literario, que permitiría transformar una situación incómoda en una lección universal. Al final, la frase funcionaría como escudo y como obra de arte: breve, ambigua y perfectamente calculada, y el público, siempre agradecido por estas pequeñas piezas de retórica, podría asentir con una mezcla de incredulidad y admiración porque, en política, como en la vida, no hay nada más útil que convertir lo improbable en una aparente evidencia. Al final, Pedro es un pobre víctima de quienes le rodean y le defraudan que, casualmente, son siempre los más cercanos: Ábalos, Cerdán, la propia Begoña su esposa… Una existencia difícil la de este gobernante nuestro.
Pero la vida sigue y los más cenizos, como el director de la Agencia Internacional de la Energía alerta de que nos quedamos sin combustible para los aviones y, amigos míos, habrá que viajar en burro como ya hicieran nuestros antepasados. Odio el agorerismo y el pesimismo en medio del cual me veo con frecuencia inmersa, porque el día que esto suceda lo asumiré: no hay aviones, ni coches y hay que tirar de los carros para movernos, y en ese momento habrá que aplicar soluciones, pero que no nos adelanten la agonía: trabajen para que esto no suceda, que para eso cobran y déjennos a los demás con nuestro rollo y nuestra vida, que cada palo ya aguanta de su vela, como venimos haciendo, cada quien nos responsabilizamos de lo nuestro, así que apliquemos la distribución sucesiva del trabajo por el método de Taylor. Y quien no sepa en qué consiste el método de Taylor, que lo busque en google y que lo aplique, que aquí no estamos para enseñar al que no sabe.
Creo que se nota demasiado mi indignación, pero lamentablemente es mi estado habitual. Gracias que existe Morante que nos hace soñar con su arte y que nos brinda un toreo difícilmente imaginable, que nos emociona. Impagable ese par de banderillas puesto desde una silla en el albero y con un quiebro de cintura que deja chicos los que hacía Morenito de Maracay. Todo esto nos obliga a borrar la vulgaridad de Paqui, la de Cerdán en el Senado, donde aseguró que no le place el nombre por el que se la conoce, la Paqui, que prefiere que la llamen Francisca. Entonces me acuerdo de aquella canción que decía “no me llames Eustaquio, llámame Lola, porque mi antiguo nombre, ya no me mola”.
CODA. Con brevedad una anotación sobre el papanatismo humano. En Australia llegaron a apoquinar hasta cinco o seis mil dólares por asistir a una cena con Meghan y Harry Sussex. De regreso a California, ella puso a la venta su vestuario para la ocasión. Y ya está todo vendido.
