/ Cuando la indignación es comprada
Durante años, muchos creyeron que la conversación pública en redes era caótica, pero genuina.
Que la indignación era real. Espontánea. Orgánica.
Hoy eso empieza a derrumbarse.
Una investigación internacional, basada en documentos filtrados de inteligencia rusa, reveló la existencia de una estructura conocida como “La Compañía”, vinculada a la órbita del desaparecido Grupo Wagner. Su objetivo: operar campañas de influencia en África y América Latina.
No hablamos de teorías.
Hablamos de documentos, nombres, estrategias y financiamiento.
En Argentina, esos documentos muestran algo particularmente grave:
periodistas, medios y plataformas habrían sido financiados para instalar narrativas, amplificar desinformación y desgastar políticamente al gobierno de Javier Milei.
No se trataba de informar.
Se trataba de influir.
Contenido direccionado.
Indignación amplificada.
Todo bajo una lógica muy simple:
no hace falta convencer a todos… basta con contaminar la conversación.
Y entonces, inevitablemente, la mirada se corre hacia nosotros. Hacia el Perú:
Porque lo que vimos no fue menor.
De la noche a la mañana:
Influencers que jamás hablaron de Medio Oriente se convirtieron en “analistas”
Narrativas idénticas se replicaron palabra por palabra
La crítica política mutó rápidamente en discurso hostil y, en muchos casos, abiertamente judeófobo
Y una causa compleja fue reducida a consignas simples, repetidas hasta el cansancio
¿Todo eso… espontáneo?
La experiencia argentina nos obliga, al menos, a hacernos la pregunta.
Porque así operan estas campañas:
No aparecen como propaganda.
Se presentan como activismo.
No imponen discursos.
Repiten… hasta que parece verdad.
Como han señalado el periodista Argentino Daniel Lerer, lo que hoy se empieza a conocer podría ser solo una parte del fenómeno.
Las mismas lógicas de ingeniería social que operaron políticamente podrían estar detrás de otra ola mucho más peligrosa:
el crecimiento repentino, coordinado y amplificado de discursos antisemitas y judeofobos.
Ese salto no es menor.
Y, posiblemente, tampoco sea espontáneo.
Esto no se trata de negar el debate.
Se trata de entender cuándo el debate deja de ser debate
y pasa a ser un Operativo.
Porque cuando la indignación es fabricada,
cuando el discurso es inducido
y cuando el odio es amplificado,
ya no estamos frente a opinión pública.
Estamos frente a una estrategia. Pagada!!!
En el Perú, más de uno debería empezar a preocuparse.
A los pseudoperiodistas, analistas e influencers que se volvieron herramientas que repitieron consignas, amplificaron odio y se escudaron en causas:
Sus días de tranquilidad estan contados,
Pronto todo saldrá a la luz.
