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Los problemas de aquí abajo

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02.04.2026

Las imágenes del lanzamiento de la misión Artemis II hacia la Luna. / ZUMA vía Europa Press / ZUMA vía Europa Press

Menos cohetes y más pies en la tierra. La incipiente carrera por parcelar el espacio y montar una colonia permanente en la Luna reabre el debate de hasta qué punto tiene sentido invertir (más de 50.000 millones de dólares) en dicho propósito, cuando urgen problemas terrenales más urgentes. Cifras colosales de un proyecto fascinante desde el punto de vista científico y tecnológico, sin duda. Pero también profundamente cuestionable desde una perspectiva ética y social. Como decía el trigésimo presidente de los Estados Unidos, Calvin Coolidge, “cualquier gasto que no sea necesario es un desperdicio, y el desperdicio es un robo al pueblo”. Mientras algunos sueñan con habitar otros mundos, millones de personas sueñan con subsistir en este. La pobreza no es una abstracción, es una realidad diaria para una gran parte de la población mundial. Las desigualdades se agigantan, las guerras desplazan a millones de seres humanos y el deterioro ambiental amenaza el planeta. A esto se suman sistemas de atención a mayores insuficientes y servicios sanitarios atrofiados que, no alcanzan a cubrir las necesidades más elementales.

Frente a este panorama, el gasto espacial puede parecer un lujo difícil de justificar. ¿Cuántos hospitales podrían construirse con ese presupuesto? ¿Cuántos programas de lucha contra el hambre, la exclusión o el cambio climático podrían financiarse? ¿Cuántas vidas podrían salvar si esos recursos se destinaran a resolver problemas inmediatos?

Es cierto, y sería injusto negarlo, que la exploración espacial ha generado avances extraordinarios que han transformado nuestra vida cotidiana. Desde la red de satélites que permite prever fenómenos meteorológicos, vigilar incendios o gestionar cultivos, hasta el GPS que usamos a diario de forma gratuita. También numerosos objetos comunes como teléfonos móviles, ordenadores portátiles, detectores de humo o un simple velcro son fruto indirecto de la investigación espacial. La humanidad ha ganado mucho mirando hacia las estrellas, pero que no se ciegue ante tales destellos. Reconocer estos logros no implica aceptar sin crítica cualquier inversión futura. El argumento de los beneficios indirectos no puede convertirse en barra libre al despilfarro. Existe una diferencia entre invertir en ciencia con impacto tangible en la vida terrestre y embarcarse en proyectos de colonización lunar que, al menos por ahora, tienen un retorno incierto y lejano en el tiempo.

La cuestión de fondo no es estar en contra del progreso ni de la investigación, sino en un equilibrio de prioridades. Cada decisión de inversión refleja, de forma inevitable, qué problemas consideramos más urgentes y qué presente se quiere construir. Antes de buscar la expansión más allá del planeta, habría que asegurar que la Tierra sea un lugar más próspero. Menos cohetes, sí, pero sobre todo más compromiso con la justicia social, la sostenibilidad y la dignidad humana. No tiene sentido conquistar la Luna en una carrera millonaria si fracasamos en atender las necesidades vitales de los terrícolas, cuando los problemas más acuciantes están aquí abajo.


© La Provincia