A los 9 años hablé en televisión, y entendí lo que nadie te dice sobre el miedo
La primera vez que hablé en público fue para presentar un noticiero de televisión. Tenía 9 años. Y no, no dormí la noche anterior. El canal Telecafé había abierto un casting para el Día del Niño y terminé presentando deportes en vivo. Hoy suena bonito. En ese momento, era vértigo puro, de solo pensarlo me da emoción.
Durante casi un mes hicimos pruebas, leímos textos, simulamos entrevistas y nos equivocamos muchas veces. Ahí entendí una lección que hoy también respalda la evidencia: la práctica no solo mejora el desempeño, reduce el miedo. Y es que precisamente estudios en psicología del comportamiento muestran que la exposición progresiva a situaciones que generan ansiedad, como hablar en público, puede reducirla hasta en un 60%. No es magia. Es el cerebro aprendiendo que no está en peligro.
Porque ese es el punto: el miedo a hablar en público no es racional. Según la Chapman University, cerca del 74% de las personas sienten ansiedad al hablar frente a otros. Es decir, no es que usted esté fallando, es que está siendo humano.
Ahora bien, quienes enfrentan ese miedo tienen una ventaja clara. De acuerdo con el World Economic Forum, la comunicación efectiva está entre las habilidades más valoradas en el mundo laboral actual. En términos simples: quien comunica bien, avanza más rápido.
Volviendo a mi historia de ese niño de 9 años, hubo algo clave: los validadores. Mis papás, los formadores, quienes corregían sin descalificar. Porque hay una verdad: nadie mejora solo. La comunicación se entrena con retroalimentación. Y cuando esta es constructiva, el miedo deja de ser un bloqueo y se convierte en proceso.
También entendí algo más: una experiencia puede marcarte para bien o para mal. Ese día en televisión pudo haber sido un desastre. Pero fue todo lo contrario. Terminó definiendo mi camino profesional. Por eso creo en algo: deberíamos ser más empáticos con quien se atreve a hablar. No sabemos si durmió la noche anterior, no sabemos cuánto ensayó, no sabemos qué batalla interna está librando. Y aun así, esa persona está ahí hablando.
Después de años en los medios, lo tengo claro: lo único que realmente funciona es practicar. Practicar hasta que lo difícil se vuelva familiar. Hasta que la voz deje de temblar. Hasta entender que equivocarse es parte del proceso. Si algo aprendí de ese niño que no durmió antes de salir al aire es esto: la vida no está hecha para los que se sienten listos, sino para los que se atreven.
La invitación es simple: hable, equivóquese y repita. Porque el primer paso no elimina el miedo, pero sí le quita el poder.
