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Razones superiores (y perfectamente decentes) para seguir al populista en vez del político serio

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03.03.2026

Conviene decirlo sin vergüenza y con el decoro propio de una democracia madura: seguir al populista es una decisión perfectamente respetable. Incluso admirable. Hay que reconocer que se necesita cierto talento cívico para elegir, entre un político serio y un populista, al que promete más y explica menos. No cualquiera sabe preferir el alivio emocional a la aburrida tiranía de los hechos. No cualquiera tiene la finura moral de despreciar el presupuesto y abrazar el mesianismo redentor.

Y para evitar el cansancio de las discusiones ideológicas -que hoy sirven más para pelear que para pensar- conviene aclararlo desde el inicio: da igual si el populista se declara de izquierda o de derecha. En materia de populismo, la ideología es un accesorio de vestuario, como la corbata o la ruana: útil para la foto, irrelevante para el mecanismo. Siempre hay un “nosotros” virtuoso y un “ellos” perverso; siempre hay una élite culpable; siempre hay una promesa de redención sin letra pequeña.

Aclarado el punto, no debería sorprender que el populista compita con ventaja. Hay una forma de injusticia -todavía sin indicador estadístico ni comité internacional que la regule-: al político serio se le exige competencia, prudencia, equilibrio emocional y respeto por la realidad, mientras al populista le basta con señalar con el dedo. Uno debe tener plan; el otro, enemigo. Uno debe gobernar; el otro debe entretener. Y en estos tiempos, como es sabido, las democracias se sostienen con instituciones… pero se ganan con show. Si el político no provoca aplausos, no llega a gobernar........

© La Patria