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Orlando Viera-Blanco: Fabricantes de destinos rotos. Václav Havel [I]

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08.07.2026

“Los totalitarismos sienten más miedo de un dramaturgo que de un general, escribió. Los generales ocupan ciudades. Los escritores ocupan conciencias. Y las conciencias son mucho más difíciles de desalojar”

“La esperanza no consiste en creer que todo saldrá bien, sino en saber que algo tiene sentido, independientemente de cómo termine.” —Václav Havel

Conocí a Václav Havel. Al menos en mí imaginario idealista. No de forma auténtica como los notarios certifican los encuentros ni los historiadores levantan acta de los hechos. No estreché su mano, no compartí una mesa con él, pero sí escuché el sonido de su voz atravesando una habitación, un teatro, una cárcel. Hay hombres cuya conversación comienza precisamente cuando el tiempo ya no puede interrumpirla. Havel pertenece a esa extraña estirpe. Lo encontré muchas veces, aunque no coincidimos en el calendario, compartir y admirar sus ideas, me hicieron conversar con él como un hijo que habla con su padre.

Hoy en medio de la tragedia que nos embarga quiero hablar de resiliencia, de carácter, de compostura. Qué mejor representación de esas virtudes que relatar el pensamiento de un ser humano excepcional que trasciende a los tiempos.

Un gigante Checo llamado Václav Havel, que entendió lo que alguna vez Françoise Huguenin Maistre alertó a la humanidad después de la revolución francesa: “Una revolución no puede estar por encima del sentido racional y humano del individuo”. La restauración de la condición universal, la defensa de los derechos del hombre, no puede ser sanguinaria sino virtuosa. Y esa virtud es la justicia, la verdad, la cultura, la lengua, la historia, que impide la ingratitud y la violencia, rescatando el sentido universal y genuino del ser pensante. Lo otro es un sin sentido a la vida.

La primera vez fue en una prisión. Una definición de dignidad.

No era una cárcel cualquiera. Tenía el olor de las dictaduras: humedad, hierro oxidado y silencio administrado. Los muros parecían construidos no para impedir que alguien escapara, sino para convencerlo que la libertad había dejado de existir. Allí estaba él, inclinado sobre una mesa diminuta, escribiendo con una calma desconcertante. No levantó la vista cuando entré. Havel es reconocido como un hombre tímido, callado, discreto.

—Llegas tarde —dijo. Miré alrededor buscando quién hablaba.

—¿Me conocía? Sonrió.

—Todavía no…Comprendí entonces que las cárceles tienen una manera distinta de medir el tiempo. Hablan aun estando vacías.

Antes de convertirse en el presidente que condujo a un país hacia la democracia sin disparar un solo tiro, Havel había sido declarado enemigo de su propio Estado. Su delito consistía en escribir obras de teatro donde el absurdo era tan parecido a la realidad que el régimen decidió prohibir ambas cosas. Los totalitarismos sienten más miedo de un dramaturgo que de un general, escribió. Los generales ocupan ciudades. Los escritores ocupan conciencias. Y las conciencias son mucho más difíciles de desalojar.

—¿Por qué escribe?........

© La Patilla