Seguimos recordando a Vladimiro, por Fredy Rincón Noriega
Despertar de la rebeldía estudiantil
Vladimiro nació en Caracas y creció entre las calles empinadas de La Pastora y las avenidas arboladas de San Bernardino, en una casa donde los libros, la política y la música formaban parte del paisaje cotidiano. Su padre, fundador del Partido Comunista de Venezuela, era un hombre de amplia cultura que veía en las ideas una herramienta para entender y transformar el país, mientras su madre, alegre y divertida, imprimía al ambiente familiar un tono de calidez y humor. En medio de varios hermanos y hermanas, Vladimiro se fue formando con una mezcla de irreverencia y disciplina. Cuestionaba y estudiaba, discutía y leía, siempre con un disco al alcance de la mano. Los libros y la música fueron una compañía inseparable a lo largo de su vida.
La adolescencia lo encontró en los pasillos del Liceo Carlos Soublette, cuando Caracas vivía una mezcla de modernización y tensión política bajo la aparente estabilidad garantizada por el “Pacto de Punto Fijo”. La guerrilla comenzaba a extinguirse y el Partido Comunista avanzaba hacia la llamada “paz democrática”, dejando atrás la vía armada, pero esa retirada no significó un apaciguamiento del espíritu crítico.
Donde más se manifestó ese ánimo inconforme fue en el movimiento estudiantil. Liceos y universidades se convirtieron en espacios de agitación casi permanente, con marchas, asambleas, panfletos mimeografiados y discusiones interminables. En ese escenario hacían vida política las militancias organizadas de Copei, Acción Democrática y el Partido Comunista, y al mismo tiempo muchos jóvenes comenzaban a desconfiar de todos los aparatos partidistas. Sobre todo, del poder burocrático para sofocar la rebeldía que decían representar.
Vladimiro se movía con naturalidad en ese ambiente cargado de política y descubrimientos intelectuales. Impetuoso y aplicado, podía participar en una asamblea encendida y, poco después, concentrarse en un libro de divulgación científica o escuchar con atención un disco recién llegado del exterior. En él, el fervor militante y la curiosidad intelectual no eran mundos separados, sino vasos comunicantes.
Tomás Páez, sociólogo y amigo de toda la vida de Vladimiro Mujica, recuerda haberlo conocido hacia 1967 o 1968, durante las protestas del Liceo Carlos Soublette por la recuperación de los terrenos de Anauco, cuando aquel instituto funcionaba como un pequeño laboratorio de rebeldía cívica. Desde entonces, dice, destacó por su inteligencia, su humor y una curiosidad intelectual que no se conformaba con dogmas y verdades estereotipadas.
En esos años coincidió con Luz Márquez, hija del dirigente comunista Pompeyo Márquez, compañera entrañable de la época y secretaria juvenil de la Juventud Comunista en el liceo. Al graduarse, Luz dejó a Vladimiro al frente de la organización, confiando en su capacidad de liderazgo y en su firme compromiso político. Ese gesto de confianza lo colocó muy temprano ante responsabilidades que asumió con seriedad y espíritu crítico.
El fenómeno del Poder Joven
A medida que avanzaban los años sesenta, empezaron a resquebrajarse las viejas formas de militancia juvenil. La influencia del “Mayo francés” de 1968, del festival de Woodstock, de la protesta contra la guerra de Vietnam, de la Renovación Universitaria venezolana y de nuevas corrientes culturales procedentes de Europa y Estados Unidos marcó profundamente a aquella generación. En liceos y universidades surgió una pasión política menos doctrinaria y más impetuosa, donde el gesto cultural valía tanto como el panfleto y la consigna compartía espacio con la canción y el cine.
Fue la era de la contracultura, del movimiento hippie, de la revolución sexual y de la explosión de la música rock, impulsada por bandas como The Beatles y The Rolling Stones. Las calles, las aulas y los escenarios se convirtieron en territorios donde se mezclaban protesta........
