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La democracia no es un producto terminado

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21.03.2026

Mientras en el mundo se observa con cansancio cómo las democracias tradicionales se erosionan bajo el peso de la polarización y la desconfianza, Finlandia, frecuentemente citada como el estándar de la estabilidad institucional, ha llegado a una conclusión que sorprende al resto de países al afirmar que su sistema actual ya no es suficiente.

Con el lanzamiento de su Programa Nacional para Promover la Democracia 2025-2027, el país nórdico no busca sólo reformas técnicas, sino una reingeniería del contrato social.

El modelo finlandés propone transitar de una democracia representativa estática hacia una democracia deliberativa. Esto quiere decir que a través de "Asambleas Ciudadanas" seleccionadas por sorteo, ciudadanos comunes participarán en el diseño de políticas complejas, desde la ética de la inteligencia artificial hasta la gestión de recursos naturales.

Para Finlandia, el voto cada cuatro años ya no es suficiente para garantizar la legitimidad, dado que consideran que la participación debe ser constante y vinculante.

Esta lección llega en un momento crítico para Colombia. Mientras nos acercamos a nuevos ciclos electorales en un clima de fragmentación, el país sigue atrapado en una paradoja, una Constitución de 1991 que prometió ser "participativa", pero una realidad donde la ciudadanía se siente excluida de las decisiones que afectan su cotidiano. La crisis de representación en Bogotá o Cúcuta no es falta de política, sino un exceso de política cerrada en despachos.

Para Colombia, y específicamente para una zona de frontera como Cúcuta, la adopción de mecanismos deliberativos similares a los de Helsinki no es un lujo utópico, sino una necesidad de supervivencia. En nuestra región, la migración y la seguridad exigen soluciones que trasciendan los períodos clásicos de cuatro años para alcaldías, gobernaciones y presidencias, debido a que muchas veces las necesidades no pueden esperar tiempos tan largos para ser solucionadas, pues en el mejor de los casos la respuesta a estos dilemas llega demasiado tarde. La inclusión de la base social en el diseño de soluciones podría ser el antídoto contra el populismo y la desconfianza.

Los informes de 2026 de la fundación Sitra subrayan que la confianza no se recupera con retórica, sino con influencia real. Colombia ha intentado diálogos nacionales, pero estos suelen carecer de la estructura técnica y el compromiso institucional que Finlandia está perfeccionando.

Si el país más feliz y estable del mundo considera que su sistema debe evolucionar para no colapsar, el mensaje para el resto del mundo y sobre todo para el Estado colombiano es claro: la estabilidad no reside en el control, sino en la apertura. El futuro de nuestra democracia depende de si somos capaces de transformar al ciudadano promedio de un espectador de la crisis en un arquitecto de la soluciones basado en su propio contexto, conocimiento y experiencias cotidianas. La verdadera soberanía en 2026, se mide por la profundidad de la participación, no solo por la transparencia de las urnas.

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